sábado, 11 de abril de 2020

William Carlos Williams / Consagración de un pedazo de tierra


Este pedazo de tierra
frente a las aguas de esta ensenada
consagra le viviente presencia
de Emily Dickinson Wellcome,
que nació en Inglaterra, se casó,
perdió a su marido y con su hijo
de cinco años se embarcó
en un barco de dos mástiles, rumbo
a Nueva York, fue aventada hasta las Azores,
encalló en los bancos de la Isla del Fuego,
en una casa de huéspedes de Brooklyn
encontró a su segundo marido,
se fue con él a Puerto Rico,
parió otros tres hijos, perdió
a su segundo marido, vivió
trabajosamente durante ocho años
en Santo Tomás y en San Domingo, siguió
a su hijo mayor a Nueva York, perdió
a su hija, a su «nena»,
recogió a los dos chicos del hijo mayor
de su segundo matrimonio, los crió
—quedaron huérfanos—, peleó
por ellos contra la otra abuela
y las tías, los trajo aquí
verano tras verano y aquí se defendió
contra pícaros, tormentas, sol, fuego,
contra las moscas, contra
las muchachas que venían a husmear,
contra la sequía, la cizaña, las marejadas,
los vecinos, las comadrejas ladronas
de gallinas, contra
la flaqueza de sus propias manos
y la fuerza creciente
de los muchachos, contra el viento,
las piedras, los intrusos, las grietas,
contra su propia alma.

Desenyerbó esta tierra con sus manos,
dominó esta parcela de hierba,
puso como trapo al hijo mayor
hasta que no la compró, aquí
vivió quince años, aquí
alcanzó la soledad final y —

Si no puedes traer nada sino
tu osamenta: quédate afuera.

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