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miércoles, 7 de abril de 2021

Rubén Darío / Soneto a Cervantes



A Ricardo Calvo. 

 

Horas de pesadumbre y de tristeza 

paso en mi soledad. Pero Cervantes 

es buen amigo. Endulza mis instantes 

ásperos, y reposa mi cabeza 

 

El es la vida y la naturaleza, 

regala un yelmo de oros y diamantes 

a mis sueños errantes. 

Es para mí: suspira, ríe y reza.

 

Cristiano y amoroso caballero 

parla como un arroyo cristalino. 

¡Así le admiro y quiero, 

 

viendo cómo el destino

hace que regocije al mundo entero 

la tristeza inmortal de ser divino!


Rubén Darío



lunes, 24 de agosto de 2020

Tania Ganitsky / Procesión fúnebre de Paul Celan

Paul Celan

 

Lo hallaron nueve o diez días después.

 

Por aquí pudo haber flotado su cuerpo,

delante de la cabeza de Orfeo,

que iría recitando el kadish río abajo

con un cuórum de espíritus errantes.

 

Habrá imaginado que la pregunta

con que nos invitó a leer cada poema:

«¿De dónde viene y hacia dónde va?»

sería la misma que se harían

quienes lo buscaron en la incertidumbre de los días,

 

la que recuerda una extranjera

mientras se revuelven los dolientes

en la corriente del Sena, el 22 de junio de 2016.


Tania Ganitsky

domingo, 23 de agosto de 2020

Tania Ganitsky / Podría leer una hora más sobre Emily Dickinson…


Podría leer una hora más sobre Emily Dickinson, 

o quizás uno de sus poemas. Mejor trataré de olvidar 

uno para asombrarme de nuevo y hacerle miles 

de preguntas. ¿En qué aguas pescas las palabras?

¿Mientras esperas a que muerdan el anzuelo, te 

distraen las medusas que flotan alrededor? ¿Las 

muerdes tú primero? Empecé a escribir este poema 

para olvidar uno tuyo y el oleaje nos aproximó. Mira 

lo cerca que estamos: el barco averiado en que saliste 

pensar se hunde justo aquí y no sé si nos salvamos.


Tania Ganitsky

domingo, 12 de julio de 2020

Ronald F. Finkenberger / A Federico García Lorca


Era en él la cósmica alegría, 

el alado corazón, la cascada cristalina

de jazmines el gentil perfume, 

geranios luminosos de provincia.

 

Que llevaba el día en el cinto,

un trovador silvestre cantaría.

Que en él estaban la gracia y el genio

el dueño de las olas confesaría.

 

¡Ah! Mataron a Federico los fusiles

que a los niños dormían en Granada,

mataron a Federico y no hay quien quite

la sangre y el llanto en las guitarras de España.

 

Desiertas han quedado las plazas de Madrid,

el Guadalquivir cubierto de fuego en sus aguas,

porque el cisne más hermoso canto hasta morir

se desangran por la noche naranjas valencianas.

 

Ahora vaga radiante por entre flores azules, 

con las que grillos honran su senda de plata.

Ahora está tan lejos, lejos, Generales traidores:

No hubo valiente que blandiera su espada.

 

Me inclino a tus ojos, secos ya en la tierra,

hermano de palomas, romántico gitano.

Me inclino a tu canto miedo de la guerra,

para que al fin puedas iluminar mi mano.

 

Desiertas han quedado las plazas de Madrid,

el Guadalquivir cubierto de fuego en sus aguas,

porque el cisne más hermoso canto hasta morir

se desangran por la noche naranjas valencianas.

 

¡Ah! Mataron a Federico los fusiles

que a los niños dormían en Granada,

mataron a Federico y no hay quien quite

la sangre y el llanto en las guitarras.

 


Ronald F. Finkenberger

miércoles, 8 de julio de 2020

Ron Riddell / La voz de Dostoyevsky

https://youtu.be/IJZFyyq_d5Q


!Dostoyevsky!

Dostoyevsky me devuelve a la vida.
¿Cómo lo hace? Es difícil comprenderlo.

De vez en cuando, escucho su voz

pero cuando miro alrededor, se aleja.

Intentando alcanzar su pluma

en medio de estepas congeladas, sus hojas de invierno,

las calles arboladas de San Petersburgo.

Después se queda en silencio, absorto, todo oídos:

como si, fuera de sus profundidades invernales,

me escuchara también, incitándolo.


Dostoyevsky, Dostoyevsky, 

de vez en cuando miro por mi ventana

pero sólo hay olas, árboles,

la torre del reloj y algunos navíos.

De él no veo señal alguna pero escucho su voz

en los sonidos de la calle:

en la conversación de los trabajadores, el silbido de las fábricas

y en la sirena de un barco retumbando, 

retumbando desde las profundidades.



Dostoyevsky's Voice

Dostoyevsky brings me back to life.
He pops up everywhere - 
waving the flag, urging me on.
How he does it, I don't know.
From time to time, I hear his voice
but when I look around, he turns away.

He is reaching for his pen
amid the frozen steppes, his winter sheets
the tree-lined streets of St. Petersburg.
Then he is silent, intent, all ears:
as if, out of his wintry depths 
he hears me too, urging him on.

From time to time, I look out my window
but there are only waves, trees
a clocktower and some ships.
I see no sign of him but meet his voice
in the sounds of the street:
in the workers' talk, the factry whistle
and a ship's horn booming in from the deep.


 Ron Riddell


jueves, 2 de julio de 2020

Rosalía de Castro / XV (En las orillas del Sar)

Estrella Rosalía de Castro
     Alma que vas huyendo de ti misma,
¿qué buscas, insensata, en las demás?
Si secó en ti la fuente del consuelo,
secas todas las fuentes has de hallar.
     ¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
y hay en la tierra lores perfumadas!
¡Sí!...Más no son ya aquellas
que tú amaste y te amaron, desdichada.


Rosalía de Castro ya tiene su estrella en el firmamento. La estrella HD 149143 se llamará a partir de ahora Rosalía de Castro, en honor a la poetisa y novelista gallega, y el planeta que la órbita será bautizado como Río Sar, nombre del afluente del río Ulla y que da nombre a una de sus obras. Ambas denominaciones fueron vencedoras de una votación online para elegir el nombre de la estrella HD 149143 y su planeta, dentro del proyecto internacional impulsado por la Unión Astronómica Internacional (IAU) como parte de las actividades de celebración de su centenario.

domingo, 28 de junio de 2020

Fernando Pessoa / Salutación a Walt Whitman (fragmento)


En tus versos, a cierta altura no sé si los leo o si los vivo,
no sé si mi lugar real está en el mundo o en tus versos,
no sé si estoy aquí, de pie sobre la tierra natural,
o de cabeza hacia abajo, colgado en una especie
de establecimiento,
en el techo natural de tu inspiración de tropel,
en el centro del techo de tu intensidad inaccesible.
¡Ábranme todas las puertas!
¡A fuerza que he de pasar!
¿Mi señal? ¡Walt Whitman!
¡Pero yo no ofrezco indicación alguna...
Paso sin explicaciones...
Si es necesario me introduzco entre las puertas...
Sí, yo, frágil y civilizado, me introduzco entre las puertas...
porque en este momento no soy frágil ni civilizado,
soy yo, un universo pensante de carne y hueso, queriendo
pasar,
que ha de pasar a fuerza, porque cuando quiero pasar
soy Dios!

Fernando Pessoa

Vincent Van Gogh / Carta a su hermana Guillaumette (fragmento)


La pasión de Walt Whitman por el mundo alcanzó también a influir en pintores deslumbrantes. Una de las cartas que Vincent van Gogh escribió a su hermana Guillaumette, entre septiembre y octubre de 1888, contiene este pasaje:

¿Has leído ya las poesías americanas de Whitman? Theo debe tenerlas y te recomiendo que las leas, primero, porque son realmente bellas y después porque actualmente los ingleses hablan mucho de ellas.  Él ve en el porvenir e incluso en el presente un mundo de salud, de un amor carnal libre y franco -de amistad-, de trabajo, con el gran firmamento estrellado; algo que al fin de cuentas sólo puede llamarse Dios y la eternidad puestos de nuevo en su lugar por encima de este mundo. Esto hace sonreír al principio, tal es su ingenuidad y pureza; pero por eso mismo nos induce a reflexionar.

Vincent Van Gogh

Octavio Paz / Elogió a Walt Whitman


Walt Whitman es el único poeta moderno grande que parece no experimentar discordia cuando enfrenta a su mundo. Ni siquiera soledad - su monólogo es un coro universal.

Octavio Paz

Octavio Paz

José Martí / Crónica (1887)


Esta crónica fue redactada por José Martí en Nueva York y enviada al “El Partido Liberal” donde se publicó en 1887. En ella Martí elogia el talento del creador de “Leaves of Grass” (Hojas de Hierba). Walt Whitman fue un escritor americano contemporáneo con Martí y antes de esta composición, prácticamente desconocido en el mundo hispanoamericano.

Walt Whitman

«Parecía un dios anoche, sentado en un sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque, la mano en un cayado.» Esto dice un diario de hoy del poeta Walt Whitman, anciano de setenta años a quien los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época. Sólo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable, por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido.
...
Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana, orlado de luto, el retrato de Víctor Hugo; Emerson, cuya lectura purifica y exalta, le echaba el brazo por el hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía, desde su silla de roble en Inglaterra, ternísimos mensajes al «gran viejo»; Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, «¿qué habéis de saber de letras -grita a los norteamericanos-, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?». 
...
Acaso una de la producciones más bellas de la poesía contemporánea es la mística trenodia que Whitman compuso a la muerte de Lincoln. La naturaleza entera acompaña en su viaje a la sepultura el féretro llorando. Los astros lo predijeron. Las nubes venían ennegreciéndose un mes antes. Un pájaro gris cantaba en el pantano un canto de desolación. Entre el pensamiento y la seguridad de la muerte viaja el poeta por los campos conmovidos, como entre los campaneros. Con arte de músico agrupa, esconde y reproduce estos elementos tristes en una armonía total de crepúsculo. Parece, al acabar la poesía, como si la tierra toda estuviese vestida de negro, y el muerto la cubriera desde un mar al otro. Se ven las nubes, la luna cargada que anuncia la catástrofe, las alas largas del pájaro gris. Es mucho más hermoso, extraño y profundo que El cuervo de Poe. El poeta trae al féretro un gajo de lilas.
...
Oíd lo que canta este pueblo trabajador y satisfecho; oíd a Walt Whitman. El ejercicio de sí lo encumbra a la majestad, la tolerancia a la justicia y el orden a la dicha. El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra. Y lo que, oído en lo interior de la concha, parecía portentosa contienda, resulta a la luz del aire ser el natural movimiento de la savia en el pulso enérgico del mundo.
...
Nada le es extraño, y lo toma en cuenta todo, el caracol que se arrastra, el buey que con sus ojos misteriosos lo mira, el sacerdote que defiende una parte de la verdad como si fuese la verdad entera. El hombre debe abrir los brazos, y apretarlo todo contra su corazón, la virtud lo mismo que el delito, la suciedad lo mismo que la limpieza, la ignorancia lo mismo que la sabiduría; debe fundirlo en su corazón, como en un horno; sobre todo, debe dejar caer la barba blanca. Pero, eso sí, «ya se ha denunciado y tonteado bastante»; regaña a los incrédulos, a los sofistas, a los habladores; ¡procreen en vez de querellarse y añadan al mundo! ¡Créese con aquel respeto con que una devota besa la escalera del altar! 

El es de todas las castas, credos y profesiones, y en todas encuentra justicia y poesía. Mide las religiones sin ira; pero cree que la religión perfecta está en la naturaleza. La religión y la vida están en la naturaleza. Si hay un enfermo, «idos -dice al médico y al cura- , ya me apegaré a él, abriré las ventanas, le amaré, le hablaré al oído; ya veréis como sana; vosotros sois palabra y yerba, pero yo puedo más que vosotros, porque soy amor». El Creador es «el verdadero amante, el camarada perfecto»; los hombres son «camaradas», y valen más mientras más aman y creen, aunque todo lo que ocupe su lugar y su tiempo vale tanto como cualquiera: mas vean todos el mundo por sí, porque él, Walt Whitman, que siente en sí el mundo desde que éste fue creado, sabe, por lo que el sol y el aire libre le enseñan, que una salida de sol le revela más que el mejor libro. Piensa en los orbes, apetece a las mujeres, se siente poseído de amor universal y frenético; oye levantarse de las escenas de la creación y de los oficios del hombre un concierto que le inunda de ventura, y cuando se asoma el río, a la hora en que se cierran los talleres y el Sol de puesta enciende el agua, siente que tiene cita con el Creador, reconoce que el hombre es definitivamente bueno y ve que de su cabeza reflejada en la corriente, surgen aspas de luz.
...
El lenguaje de Walt Whitman, enteramente diveros del usado hasta hoy por los poetas, corresponde, por la extrañeza y pujanza, a su cíclica poesía y a la humanidad nueva, congregada como un continente fecundo con portentos tales que en verdad no caben en liras ni serventesios remilgados. Ya no se trata de amores escondidos, ni de damas que mudan de galanes, ni de la queja estéril de los que no tienen la energía necesaria para domar la vida, ni la discreción que conviene a los cobardes. No de rimillas se trata, y dolores de alcoba, sino del nacimiento de una era, del alba de la religión definitiva y de la renovación del hombre; trátase de una fe que ha de sustituir a la que ha muerto y surge con un claro radiante de la arrogante paz del hombre redimido; trátase de escribir los libros sagrados de un pueblo que reúne, al caer del mundo antiguo, todas las fuerzas vírgenes de la libertad a las ubres y pompas ciclópeas de la salvaje naturaleza; trátase de reflejar en palabras el ruido de las muchedumbres que se asientan, de las ciudades que trabajan y de los mares domados y los ríos esclavos. ¿Apareará consonantes Walt Whitman y pondrá en mansos dísticos estas montañas de mercaderías, bosques de espinas, pueblos de barcos, combates donde se acuestan a abonar el derecho millones de hombres y sol que en todo impera, y se derrama con límpido fuego por el vasto paisaje?
¡Oh!, no: Walt Whitman habla en versículos, sin música aparente, aunque a poco de oírla se percibe que aquello suena como el casco de la tierra cuando vienen por él, descalzos y gloriosos, los ejércitos triunfantes. En ocasiones parece el lenguaje de Whitman el frente colgado de reses de una carnicería; otras parece un canto de patriarcas, sentados en coro, con la suave tristeza del mundo a la hora en que el humo se pierde en las nubes; suena otras veces como un beso brusco, como un forzamiento, como el chasquido del cuero reseco que revienta al sol; pero jamás pierde la frase su movimiento rítmico de ola. El mismo dice cómo hable: «en alaridos proféticos»; «éstas son, dice unas pocas palabras indicadoras de lo futuro». Eso es su poesía, índice; el sentido de lo universal pervade el libro y le da, en la confusión superficial, una regularidad grandiosa; pero sus frases desligadas, flagelantes, incompletas, sueltas, más que expresan, emiten: «lanzo mis imaginaciones sobre las canosas montañas»; «di, tierra viejo nudo montuoso, ¿qué quieres de mi?»; «hago mi bárbara fanfarria sobre los techos del mundo».
...
Por repeticiones atrae la melancolía, como los salvajes. Su censura, inesperada y cabalgante, cambia sin cesar, y sin conformidad a regla alguna, aunque se percibe un orden sabio en sus evoluciones, paradas y quiebros. Acumular le parece el mejor modo de describir, y su raciocinio no toma jamás las formas pedestres del argumento ni las altisonantes de la oratoria, sino el misterio de la insinuación, el fervor de La certidumbre y el giro ígneo de la profecía. A cada paso se hallan en su libro estas palabras nuestras: vida, camarada, libertad, americanos.
...
Así, celebrando el músculo y el arrojo; invitando a los transeúntes a que pongan en él, sin miedo, su mano al pasas; oyendo, con las palmas abiertas al aire, el canto de las cosas; sorprendiendo y proclamando con deleite fecundidades gigantescas; recogiendo en versículos épicos las semillas, las batallas y los robles; señalando a los tiempos pasmados las colmenas radiantes de hombres que por los valles y cumbres americanos se extienden y rozan con sus alas de abeja la fimbria de la vigilante libertad; pastoreando los siglos amigos hacia el remanso de la calma eterna, aguarda Walt Whitman, mientras sus amigos le sirven en manteles campestres la primera pesca de la primavera rociada con champaña, la hora feliz en que lo material sea aparte de él, después de haber revelado al mundo un hombre veraz, sonoro y amoroso, y en que, abandonado a los aires purificadores, germine y arome en sus ondas, «¡desembarazado, triunfante, muerto!».

José Martí

Heddy Navarro / Crónica (desde la piel)


Mujer soy
contradictoria
instancia que aletea
saca cuentas
decide el almuerzo
balancea proteínas
recuerda sus tareas a los hijos
abre la puerta de la cocina
y pela papas
Walt Whitman
resbala por mi pecho


Pablo Neruda / Canto General (fragmento)

Desde la lectura de Salut au monde! Y a partir de la pregunta que Whítman se plantea en ese poema: What do you see, Walt Whítman? (¿Qué ves, Walt Whítman?), Pablo Neruda amplia esa visión y misión en el Canto General:


Walt Whitman, levanta tu barba de hierba,
mira conmigo desde el bosque,
desde estas magnitudes perfumadas.
Qué ves allí, Walt Whitman?
Veo, me dice mi hermano profundo,
veo cómo trabajan las usinas,
en la ciudad que los muertos recuerdan,
en la capital pura,
en la resplandeciente Stalingrado.
Veo desde la planicie combatida,
desde el padecimiento y el incendio,
nacer en la humedad de la mañana
un tractor rechinante hacia las llanuras.
Dame tu voz y el peso de tu pecho enterrado,
Walt Whitman, y las graves
raíces de tu rostro
para cantar estas reconstrucciones!
Cantemos juntos lo que se levanta
de todos los dolores, lo que surge
del gran silencio, de la grave
victoria:
Stalingrado, surge tu voz de acero,
renace piso a piso la esperanza
como una casa collectiva,
y hay un temblor de nuevo en marcha
enseñando,
cantando
y construyendo.




R. W. Emerson / Carta a Walt Whitman


Me complace tu pensamiento libre y valiente. Me deleita. Encuentro cosas incomparables dichas incomparablemente bien, como debe ser.
Carta de R.W. Emerson a Walt Whitman.

«Querido señor,

   No me ciego ante el valor del maravilloso regalo que es Hojas de Hierba. Creo que es una de las piezas más extraordinarias de humor y sabiduría con las que América ha contribuido. Me siento muy feliz al leerla, como cuando el gran poder nos hace felices. Está a la altura de lo que siempre he demandado de lo que parecía la estéril y mezquina Naturaleza, como si mucho trabajo manual, o demasiado temperamento linfático, hicieran de nuestro humor occidental algo gordo y grosero. Me complace tu pensamiento libre y valiente. Me deleita. Encuentro cosas incomparables dichas incomparablemente bien, como debe ser. Encuentro en ti el coraje de enfocar las cosas, que es algo que nos deleita y que sólo una percepción profunda puede inspirar.

   Te felicito al comienzo de una larga carrera, que debió tener un principio en algún lado para dar lugar a un inicio como este. Me froté un poco los ojos para asegurarme de que este rayo de sol no fuera una ilusión; pero el sólido sentido de este libro me dio sobrada certeza. Tiene los mejores méritos, concretamente, esfuerzo y coraje.

   No supe hasta anoche que vi el libro anunciado en un periódico, que podía confiar en un nombre real y disponible para dar a la oficina de correos. Deseo ver a mi benefactor, y me he estado sintiendo capaz de alcanzar mis metas y visitar Nueva York para demostrarle mis respetos.

   R.W. Emerson».

R. W. Emerson

León Felipe / Prólogo a una edición de Hojas de Hierba


“Aquel que camina una sola legua sin amor camina amortajado hacia su propio funeral”.
Se apellida Whitman, pero Dios le llama Walt.

No tiene familia.

Es hijo de la tierra mas que de la sangre como todo norteamericano legítimo.

Su nombre telúrico y adamico es Walt. Walt, Walt, Walt, le dice el gavilán, la tempestad, y las olas del mar entre las rocas de la playa… Llamadle Walt vosotros también.

Yo le llamo Walt.

Dios le llama Walt.

No tiene otro título, ni rótulo a la puerta, no es doctor, ni reverendo, ni maese… No es misionero tampoco.

No viene a repartir catecismos, Ni reglamentos, ni a colgarle a nadie una cruz en la solapa.

Ni a juzgar, ni a premiar, ni a castigar. Viene sencillamente a cantar una canción. No os trae nada nuevo.

Sabe que sois ricos y os lo viene a recordar. Y a los que han olvidado su tesoro viene a abrirles el granero, el palomar, y las ventanas de la torre.

Os trae unas llaves.

Viene a derribar murallones, a destruir cercas y vallados.

Os trae también una piqueta.

¿Que esperais? ¿Falta algo más?

Ah…si…

Preguntais si tiene biografía….

Los grandes poetas no tienen biografía. Tienen destino, y el destino No se narra…

Se canta y se baila.

León Felipe

Leopoldo Lugones / Las montañas de oro (fragmento)


¡Hombres! No escupáis nunca sobre una gran cabeza.
No seáis mancha cuando pudierais ser herida.
El hierro sufre en lo hondo de la fragua encendida.
Pero hasta hoy nadie ha visto las lágrimas del hierro.
El poeta es el astro de su propio destierro.

El tiene su cabeza junto a Dios, como todos,
Pero su carne es fruto de los cósmicos lodos
De la Vida. Su espíritu del mismo yugo es siervo.
Pero en su frente brilla la integridad del verbo.
Cada vez que una de sus colmenas, que en la historia
Trazan nuevos caminos de esfuerzo y de victoria,
Emprende su jornada, dejando detrás de ella,
Rastros de lumbre como los pasos de una estrella,
Noches siniestras, ecos de lúgubres clarines,
Huracanes colgados de gigantescas crines
Y montes descarnados como imponentes huesos:
Uno de esos enjendros del prodigio, uno de esos
Armoniosos doctores del Espíritu Santo,
Alza sobre la cumbre de la noche su canto.
(La alondra y el Sol tienen en común estos puntos:
Que reinan en los cielos y se levantan juntos.)
El canto de esos grandes es como un tren de guerra
cuyas sonoras llantas surcan toda la tierra.
Cantan por sus heridas, ensangrentadas bocas
De trompeta, que mueven el alma de las rocas
Y de los mares. Hugo, con su talón fatiga
Los olímpicos potros de su imperial cuadriga;
Y, como de un océano que el Sol naciente dora,
De sus grandes cabellos se ve surgir la aurora.
Dante alumbra el abismo con su alma. Dante piensa.
Alza entre dos crepúsculos una portada inmensa,
Y pasa, transportando su empresa y sus escombros:
Una carga de montes y noches en los hombros.

Whitman entona un canto serenamente noble.
Whitman es el glorioso trabajador del roble.
El adora la vida que irrumpe en toda siembra,
El grande amor que labra los flancos de la hembra;
Y todo cuanto es fuerza, creación, universo,
Pesa sobre las vértebras enormes de su verso.
Homero es la pirámide sonora que sustenta
Los talones de Júpiter, goznes de la tormenta.
Es la boca de lumbre surgiendo del abismo.
Tan de cerca le ha hablado Dios, que él habla lo mismo.

Leopoldo Lugones

Mark Twain / Carta a Walt Whitman

En mayo de 1889, casi al final de su vida, Whitman recibió una carta de felicitación de Mark Twain. En ella Twain, que presiente que Whitman está ya cercano a la muerte, le hace un emotivo ofrecimiento de vida en forma de años.

Hartford, 24 de mayo de 1889


Para Walt Whitman:

   Usted ha vivido los setenta años más grandes de la historia del mundo y los más ricos en beneficio y progreso para todos. Estos setenta años han hecho mucho más por separar al hombre del resto de animales que lo que se hizo en los cinco siglos que le precedieron.

   ¡Qué grandes descubrimientos ha presenciado! La prensa de vapor, el barco de vapor, el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el fonógrafo, la fotografía, el foto‒grabado, la luz de gas, la luz eléctrica, la máquina de coser y los sorprendentes, infinitamente variados e innumerables productos de alquitrán de hulla, esas últimas y extrañas maravillas de una edad maravillosa. Y usted ha visto todavía más descubrimientos que estos; porque ha visto la aplicación de anestesia para la cirugía, por lo que el antiguo dolor, que se inició con la primera vida, llegó a su fin en esta tierra para siempre; usted ha visto al esclavo ser liberado, a la monarquía destituida en Francia y reducida en Inglaterra a una maquinaria que trata de demostrar impotentemente su diligencia y atención a los negocios, pero que está desconectada. Sí, de hecho, ha visto mucho ‒pero habrá que esperar todavía un tiempo, porque lo más grande está por venir. Espere treinta años y mire. Va a ver maravillas sobre maravillas además de esas de cuyo descubrimiento ha sido testigo; y por encima de todo ello verán su formidable Resultado ‒un Hombre en casi toda su estatura, por fin‒ que todavía sigue creciendo mientras se mira. En ese día, el que tiene un trono o un privilegio dorado que no está al alcance de su vecino, dejará sus zapatillas y se preparará para bailar, para la música que está por venir. ¡Viva y verá estas cosas! Treinta de nosotros que le honramos y le queremos le ofrecemos esta oportunidad. Tenemos entre todos nosotros 600 años que quedan en el banco de la vida. Tome 30 de ellos ‒el regalo de cumpleaños más hermoso ofrecido a un poeta en este mundo‒ y siéntese y espere. Espere a ver cómo esa gran figura aparece, y atrape el lejano brillo del sol sobre su bandera: entonces podrá irse satisfecho, como sabiendo que fue visto por aquellos para quienes se hizo la tierra, y que él proclamará que el trigo humano vale más que las cizañas humanas, y procederá a organizar los valores humanos sobre esa base.

Mark Twain

Mark Twain

Jorge Luis Borges / Candem, 1892


El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:
Casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

Jorge Luis Borges

Ezra Pound / Un pacto


Yo hago un pacto contigo, Walt Whitman.
Ya te he detestado lo suficiente.
Llego a ti como un niño crecido

Que ha tenido un padre testarudo;
Ya tengo edad para hacer amigos.

Fuiste tú el que partió la nueva leña,
Ahora es el tiempo de tallar.

Nosotros tenemos la raíz y la savia:
Que haya intercambio entre nosotros.

(Traducción de Marcelo Covian)

Poema original en inglés:

A PACT

I make a pact with you, Walt Whitman.
I have detested you long enough.
I come to you as a grown child.

Who has had a pig-headed father;
I am old enough now to make friends.

It was you that broke the new wood,
Now is a time for carving.

We have one sap and one root.
Let there be commerce between us.

Ezra Pound

Federico García Lorca / Oda a Walt Whitman


Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

Federico García Lorca

Pablo Neruda / Oda a Walt Whitman


YO no recuerdo
a qué edad,
ni dónde,
si en el gran Sur mojado
o en la costa
temible, bajo el breve
grito de las gaviotas,
toqué una mano y era
la mano de Walt Whitman:
pisé la tierra
con los pies desnudos,
anduve sobre el pasto,
sobre el firme rocío
de Walt Whitman.

Durante
mi juventud
toda
me acompañó esa mano,
ese rocío,
su firmeza de pino patriarca, su extensión de
                                                          pradera,
y su misión de paz circulatoria.

Sin
desdeñar
los dones
de la tierra,
la copiosa
curva del capitel,
ni la inicial
purpúrea
de la sabiduría,

me enseñaste
a ser americano,
levantaste
mis ojos
a los libros,
hacia
el tesoro
de los cereales:
ancho,
en la claridad
de las llanuras,
me hiciste ver
el alto
monte
tutelar. Del eco
subterráneo,
para mí
recogiste
todo,
todo lo que nacía,
cosechaste
galopando en la alfalfa,
cortando para mí las amapolas,
visitando
los ríos,
acudiendo en la tarde
a las cocinas.

Pero no sólo
tierra
sacó a la luz
tu pala;
desenterraste
al hombre,
y el
esclavo
humillado
contigo, balanceando
la negra dignidad de su estatura,
caminó conquistando
la alegría.

Al fogonero,
abajo,
en la caldera,
mandaste
un canastito
de frutillas,
a todas las esquinas de tu pueblo
un verso
tuyo llegó de visita
y era como un trozo
de cuerpo limpio
el verso que llegaba,
como
tu propia barba pescadora
o el solemne camino de tus piernas de acacia.

Pasó entre los soldados
tu silueta
de bardo, de enfermero,
de cuidador nocturno
que conoce
el sonido
de la respiración en la agonía
y espera con la aurora
el silencioso
regreso
de la vida.

Buen panadero!
Primo hermano mayor
de mis raíces,
cúpula
de araucaria,
hace
ya
cien
años
que sobre el pasto tuyo
y sus germinaciones,
el viento
pasa
sin gastar tus ojos.

Nuevos
y crueles años en tu patria:
persecuciones,
lágrimas,
prisiones,
armas envenenadas
y guerras iracundas,
no han aplastado
la hierba de tu libro,
el manantial vital
de su frescura.
Y, ay!
los
que asesinaron
a Lincoln
ahora
se acuestan en su cama,
derribaron
su sitial
de olorosa madera
y erigieron un trono
por desventura y sangre
salpicado.

Pero
canta en
las estaciones
suburbanas
tu voz,
en
los
desembarcaderos
vespertinos
chapotea
como
un agua oscura
tu palabra,
tu pueblo
blanco
y negro,
pueblo
de pobres,
pueblo simple
como
todos
los pueblos,
no olvida
tu campana:
se congrega cantando
bajo
la magnitud
de tu espaciosa vida:
entre los pueblos con tu amor camina
acariciando
el desarrollo puro
de la fraternidad sobre la tierra.


Pablo Neruda