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jueves, 16 de julio de 2020

John Keats / Robin Hood


¡No! Aquellos días se fueron.
Sus horas están viejas y grises
Y sus minutos yacen sepultados
Bajo la pisoteada mortaja
De las hojas de muchos años.
Muchas veces las tijeras del Invierno,
El helado Norte y el frío Este,
Con sonoras tempestades la fiesta
Del bosque susurrante esquilaron,
Puesto que los hombres no pagaban renta ni alquiler.

No, ya no suena más el cuerno
Y tampoco la cuerda del arco;
El silencio, de estridente marfil,
Atraviesa el matorral y sube la colina.
No hay risas en medio del bosque
Donde Eco, solitaria, asusta
A algún caminante azorado de oír
Bromas en la profunda espesura.

En el buen tiempo de Junio
Puedes ir con Sol o con Luna
O a la luz de siete estrellas
O guiado por el rayo polar
Pero nunca podrás contemplar
Al Pequeño John o al atrevido Robin
Y nunca a ninguno del clan
Golpeando en un cacharro vacío
Alguna vieja cancioncita de caza
Mientras va por el verde camino
Hacia la honesta posadera Merriment
Abajo, en las pasturas de Trent;
Porque él dejó el alegre cuento,
Emisario de aromática cerveza.

Perdida, la alegre batahola;
Perdida, la canción de Gamelyn;
Perdidos, los duros bandoleros
Que haraganeaban en el verdecito,
¡Todo perdido y pasado!
Y si Robin se levantara de su tumba
Cubierta de césped, y si Marian
Volviera aún a los días del bosque.
Ella querría llorar y él volverse loco;
Maldeciría porque todos los robles
Fueron derribados por los astilleros
Y hoy se pudren en los mares salados;
Lloraría Marian porque sus abejas salvajes
No cantarían para ella. ¡Extraño! Esa miel
Ya no puede obtenerse sin duro dinero.

Así es. Y a pesar de todo, cantemos.
¡Honor a la vieja cuerda del arco!
¡Honor al cuerno de caza!
¡Honor a los bosques intocados!
¡Honor al verde de Lincoln!
¡Honor al arquero hábil!
¡Honor al duro pequeño John!
¡Y al caballo que montaba!
¡Honor al atrevido Robin Hood
que duerme bajo los árboles!
¡Honor a la moza Marian!
¡Y a todo el clan de Sherwood!
Aunque sus días volaron
Un par de versos les debemos.



John Keats / Robin Hood


No! those days are gone away 

And their hours are old and gray, 

And their minutes buried all 

Under the down-trodden pall 

Of the leaves of many years: 

Many times have winter's shears, 

Frozen North, and chilling East, 

Sounded tempests to the feast 

Of the forest's whispering fleeces, 

Since men knew nor rent nor leases. 

 

         No, the bugle sounds no more, 

And the twanging bow no more; 

Silent is the ivory shrill 

Past the heath and up the hill; 

There is no mid-forest laugh, 

Where lone Echo gives the half 

To some wight, amaz'd to hear 

Jesting, deep in forest drear. 

 

         On the fairest time of June 

You may go, with sun or moon, 

Or the seven stars to light you, 

Or the polar ray to right you; 

But you never may behold 

Little John, or Robin bold; 

Never one, of all the clan, 

Thrumming on an empty can 

Some old hunting ditty, while 

He doth his green way beguile 

To fair hostess Merriment, 

Down beside the pasture Trent; 

For he left the merry tale 

Messenger for spicy ale. 

 

         Gone, the merry morris din; 

Gone, the song of Gamelyn; 

Gone, the tough-belted outlaw 

Idling in the "grenè shawe"; 

All are gone away and past! 

And if Robin should be cast 

Sudden from his turfed grave, 

And if Marian should have 

Once again her forest days, 

She would weep, and he would craze: 

He would swear, for all his oaks, 

Fall'n beneath the dockyard strokes, 

Have rotted on the briny seas; 

She would weep that her wild bees 

Sang not to her—strange! that honey 

Can't be got without hard money! 

 

         So it is: yet let us sing, 

Honour to the old bow-string! 

Honour to the bugle-horn! 

Honour to the woods unshorn! 

Honour to the Lincoln green! 

Honour to the archer keen! 

Honour to tight little John, 

And the horse he rode upon! 

Honour to bold Robin Hood, 

Sleeping in the underwood! 

Honour to maid Marian, 

And to all the Sherwood-clan! 

Though their days have hurried by 

Let us two a burden try. 


John Keats






Alfred Lord Tennyson / Ulises



Nada se gana con que yo, un ocioso
rey junto al fuego quieto del hogar, 
rodeado de estériles peñascos, 
casado con una mujer ya vieja, 
sea el encargado de regir y darles 
leyes injustas a este pueblo tosco 
que acumula y engorda y que se duerme, 
y que no me conoce. Yo no puedo 
dejar ya de viajar, voy a beberme 
hasta la última gota de la vida: 
he disfrutado y he sufrido mucho, 
ya sea con aquellos que me amaron 
o solo junto al mar, y también cuando 
las consteladas ninfas de la lluvia 
con ráfagas violentas agitaban 
las aguas negras. Yo me hice de un nombre; 
de tanto andar con corazón hambriento 
mucho vi y conocí: muchas ciudades 
y costumbres, y climas, gobernantes, 
y no fui despreciado, sino honrado 
en todas ellas, y probé el licor 
de la feroz batalla, entre mis pares, 
lejos, en las llanuras resonantes 
de la ventosa Troya. Pertenezco 
a todo lo que he visto, y sin embargo 
mi experiencia es un arco en el que brilla 
un mundo adonde no he viajado aún 
y que se aleja siempre que yo avanzo. 
¡Qué tedioso poner punto final, 
hacer un alto y oxidarse, opaco, 
sin relucir brillante por el uso! 
¡Como si simplemente respirar 
fuera vivir! Cuando una vida, y otra, 
y otra después, sería insuficiente. 
Ya de la mía va quedando poco, 
pero cada hora nueva queda a salvo 
del eterno silencio, y además 
siempre trae algo nuevo; mala cosa 
me sería ocultar mi alma ya gris 
pero que se consume en el anhelo 
de seguir aprendiendo, como quien 
una estrella persigue más allá 
del último confín del pensamiento. 

Éste es Telémaco, mi propio hijo; 
queda a cargo del cetro y de la isla; 
siempre lo quise bien, y es criterioso 
para llevar a término la empresa 
de hacer de este salvaje pueblo un pueblo 
civilizado y apacible, poco 
a poco, con prudencia, conduciéndolo 
a lo que es bueno y útil. Intachable, 
abocado a la esfera de lo público, 
él no descuidará los dulces ritos 
y adorará los Lares de mi casa 
cuando yo me haya ido. Que haga él 
lo suyo, su trabajo. Yo lo mío. 

Ahí está el puerto; el viento hace flamear 
las velas de la nave. Ahí brilla oscuro 
el ancho mar. ¡Tripulación! Ustedes, 
almas que se esforzaron, trabajaron 
y pensaron conmigo, almas que siempre 
recibieron con júbilo los truenos 
o los rayos del sol, siempre oponiéndoles 
sus corazones y sus frentes libres – 
ustedes ya son viejos, como yo; 
pero hay honor en la vejez, trabajos 
que realizar en la vejez. La muerte 
se cierra sobre todo, pero antes 
algún trabajo noble puede hacerse, 
algo que no sea indigno de los hombres 
que lucharon con dioses. Ya comienzan 
las luces a brillar desde las rocas, 
termina el día, asciende ya la luna, 
sosegados lamentos nos rodean… 
No es nunca demasiado tarde, amigos, 
para buscar un mundo nuevo, ¡vamos!, 
soltemos las amarras, castiguemos 
bien dispuestos las ondas murmurantes; 
deseo navegar aun más allá 
de donde cae el sol, donde se baña 
las múltiples estrellas de Occidente, 
hasta que muera. A lo mejor el mar 
nos hunde en sus abismos, o quizá 
lleguemos a las Islas Venturosas 
y veamos de nuevo al gran Aquiles. 
Aunque mucho se ha ido, mucho queda, 
y aunque ya no tengamos esa fuerza 
que en los días pasados sacudió 
cielos y tierra, esto que somos, somos: 
un mismo ardor de heroicos corazones 
menguado por el tiempo y el destino 
pero determinado a combatir, 
a buscar y encontrar, y no rendirse. 
 

Traducción de Alejandro Crotto


Alfred Lord Tennyson / Ulysses


It little profits that an idle king, 

By this still hearth, among these barren crags, 

Match'd with an aged wife, I mete and dole 

Unequal laws unto a savage race, 

That hoard, and sleep, and feed, and know not me. 

I cannot rest from travel: I will drink 

Life to the lees: All times I have enjoy'd 

Greatly, have suffer'd greatly, both with those 

That loved me, and alone, on shore, and when 

Thro' scudding drifts the rainy Hyades 

Vext the dim sea: I am become a name; 

For always roaming with a hungry heart 

Much have I seen and known; cities of men 

And manners, climates, councils, governments, 

Myself not least, but honour'd of them all; 

And drunk delight of battle with my peers, 

Far on the ringing plains of windy Troy. 

I am a part of all that I have met; 

Yet all experience is an arch wherethro' 

Gleams that untravell'd world whose margin fades 

For ever and forever when I move. 

How dull it is to pause, to make an end, 

To rust unburnish'd, not to shine in use! 

As tho' to breathe were life! Life piled on life 

Were all too little, and of one to me 

Little remains: but every hour is saved 

From that eternal silence, something more, 

A bringer of new things; and vile it were 

For some three suns to store and hoard myself, 

And this gray spirit yearning in desire 

To follow knowledge like a sinking star, 

Beyond the utmost bound of human thought. 

 

         This is my son, mine own Telemachus, 

To whom I leave the sceptre and the isle,— 

Well-loved of me, discerning to fulfil 

This labour, by slow prudence to make mild 

A rugged people, and thro' soft degrees 

Subdue them to the useful and the good. 

Most blameless is he, centred in the sphere 

Of common duties, decent not to fail 

In offices of tenderness, and pay 

Meet adoration to my household gods, 

When I am gone. He works his work, I mine. 

 

         There lies the port; the vessel puffs her sail: 

There gloom the dark, broad seas. My mariners, 

Souls that have toil'd, and wrought, and thought with me— 

That ever with a frolic welcome took 

The thunder and the sunshine, and opposed 

Free hearts, free foreheads—you and I are old; 

Old age hath yet his honour and his toil; 

Death closes all: but something ere the end, 

Some work of noble note, may yet be done, 

Not unbecoming men that strove with Gods. 

The lights begin to twinkle from the rocks: 

The long day wanes: the slow moon climbs: the deep 

Moans round with many voices. Come, my friends, 

'T is not too late to seek a newer world. 

Push off, and sitting well in order smite 

The sounding furrows; for my purpose holds 

To sail beyond the sunset, and the baths 

Of all the western stars, until I die. 

It may be that the gulfs will wash us down: 

It may be we shall touch the Happy Isles, 

And see the great Achilles, whom we knew. 

Tho' much is taken, much abides; and tho' 

We are not now that strength which in old days 

Moved earth and heaven, that which we are, we are; 

One equal temper of heroic hearts, 

Made weak by time and fate, but strong in will 

To strive, to seek, to find, and not to yield.


Alfred Lord Tennyson



Anda Amir / Su último paseo


"¿A dónde vamos?" preguntaron los niños.

Él se adelantó a todos ellos,

luciendo tan tranquilo como si fuera a

salir para un paseo de vacaciones.

 

"Seremos libres", respondió.

"Mira, las puertas están abiertas de par en par.

¡No llores, solo canta! Es un día festivo,

y nos vamos, ¡nos vamos afuera!"

 

Y la calle se desplegó como una estera

mientras pasaban los niños descalzos.

Cantando: "Nos vamos, y no solos,

a los campos, los campos verdes por fin.

 

"El doctor está con nosotros, no se irá

sin sus hijos. Vamos juntos

y sabemos que él nos acompañará hasta el final,

él está con nosotros ahora y para siempre."

 


Anda Amir / His last walk

 

"Where are we going?" the children asked.

He walked ahead of them all,

looking as calm as if he were going

out for a holiday stroll.

 

"We're going to be free," he answered.

"See, the gates are open wide.

Don't cry — just sing!  It's a holiday,

and we're going, we're going outside!"

 

And the street unrolled like a carpet

as the barefoot children walked past.

Singing, "We're going, and not alone,

to the fields, the green fields at last.

 

"The doctor is with us, he will not leave

his children.  We're going together,

and we know he'll go with us till the end,

he is with us now and forever.“


Janusz Korczac


Con este poema Anda Amir realza la figura de Janusz Korczac, educador y médico que tuvo, durante su trayectoria vital, una  conducta rigurosamente ejemplar entregada a la atención de la infancia desprotegida.

 

Cuando ya era un pediatra prestigioso abandonó su trabajo en el hospital y la atención a los hijos de las clases altas de Varsovia para dedicarse plenamente a atender a los niños desamparados. Fundó y dirigió dos  orfanatos (Dom Sierot en 1912 y Nasz Dom en 1919), que acogieron a centenares de niños judíos y polacos, rescatados de una vida de abandono y mendicidad. A esta tarea dedicó la vida entera hasta su muerte en 1942.

 

El momento final de su vida, del que da cuenta Amir en su poema, fue un acto de gran  heroísmo,  reflejado en la literatura (“El pianista”, de  Wladyslaw  Szpilman ), en el cine (" Korczak", de  Andrzej  Wajda), y en el teatro ("Último tren a  Treblinka", dirigido por  Mireia Gabilondo ). El 5 de agosto de 1942 los nazis (que invadieron Polonia en 1939 y crearon el gueto de Varsovia al año siguiente) obligaron a los doscientos niños que quedaban en el  orfanato a subir a un tren que los llevaría a la muerte en el campo de exterminio de  Treblinka.  Korczak, con la salud ya muy deteriorada en aquellos momentos, no abandonó a sus protegidos: se puso al frente de la comitiva y acompañó a los niños (que pensaban que iban de excursión) a un viaje que él ya sabía que los llevaba camino de la muerte.

 

Este acto final es la conclusión lógica de una vida  de coherencia implacable gobernada por uno severo compromiso ético: no abandonar a los niños y acompañarlos al terrible destino tiene un elevado valor simbólico y moral. Pero, aun así, lo más relevante es la coherencia irreductible de una vida entera. Él mismo escribió, de manera  premonitoria: “Lo más fácil es morir por una idea (...). El pecho agujereado por las balas, un arroyo de sangre...y un sepulcro lleno de flores. Lo más difícil es vivir por una idea, día tras día, año tras año”.


Anda Pinkerfeld Amir