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lunes, 2 de agosto de 2021

Jorge Luis Borges / Beppo


 

El gato blanco y célibe se mira

en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa blancura

y esos ojos de oro que no ha visto

nunca en la casa, son su propia imagen.

¿Quién le dirá que el otro que lo observa

es apenas un sueño del espejo?

Me digo que esos gatos armoniosos,

el de cristal y el de caliente sangre,

son simulacros que concede al tiempo

un arquetipo eterno. Así lo afirma,

sombra también, Plotino en las Ennéadas.

¿De qué Adán anterior al paraíso,

de qué divinidad indescifrable

somos los hombres un espejo roto?




jueves, 23 de abril de 2020

Oliverio Girondo / Aparición urbana






¿de bajo tierra?

¿Se desprendió del cielo?

Estaba entre los ruidos,

herido,

malherido,

inmóvil,

en silencio,

hincado ante la tarde,

ante lo inevitable,

las venas adheridas

al espanto,

al asfalto,

con sus crenchas caídas,

con sus ojos de santo,

todo, todo desnudo,

casi azul, de tan blanco.


Hablaban de un caballo.

Yo creo que era un ángel.


jueves, 26 de marzo de 2020

Robert Burns / A un ratón del campo, en ocasión de haber deshecho su nido con el arado.

Robert Burns / A un ratón del campo, en ocasión de haber deshecho su nido con el arado.


Pequeña escuálida, asustada, temerosa bestezuela, ¡oh!, ¡qué pánico hay en tu pechito! ¡No huyas tan apurada, con murmurante prisa: jamás te perseguiría, para cazarte con el arado asesino!

Lamento, en verdad, que el dominio del hombre haya roto la unión social de la naturaleza, y justificado esa mala opinión que te hace huir de mí, tu pobre, agreste compañero, tan mortal como tú.

No dudo, es claro, que tú robes; ¿qué importa? Pobre animalito, tú también debes vivir. Un poco de trigo en una bolsa es tan poca cosa; yo me contentaré con el resto, y nunca me daré cuenta.

¡Y tu casita, en ruinas también! ¡Con lo que soplan los vientos! ¡Y nada de forraje, en esta época, para construir una nueva! ¡Y los ásperos vientos de diciembre que se acercan, amargos e incisivos!

Viste que los campos se desnudaban, y que el cansado invierno se acercaba rápidamente; y decidiste refugiarte aquí, cómodo, lejos del cierzo. Hasta que, ¡crash!, la reja cruel atravesó tu celda.

¡Ese montoncito de hojas y pajitas te ha costado muchos fangosos ramoneos! Ahora te han desalojado de tu casa, a pesar de todo tu trabajo, y debes soportar la llovizna cruel del invierno, y la fría helada.

¡Ay ratoncito, no eres el único que ha comprobado la vanidad de las previsiones; los mejores proyectos de hombres y de ratones fracasan a menudo, y no nos dejan sino dolor y pena, en vez de la alegría prometida!

Todavía eres feliz, comparado conmigo; sólo el presente te concierne; pero ¡ay, yo vuelvo hacia atrás mis ojos, y sólo veo escenas lamentables; y hacia adelante, aunque no puedo ver, me imagino, y me estremezco!

Roberto Themis Esperoni / Soneto a Paula



Para que alguna vez cuando yo muera
digas: "El cazador, el silencioso..."
te he de explicar por qué no maté al oso
cuando tu voz ansiosa lo exigiera.

Primero, yo no mato en primavera;
segundo, en el invierno duerme el oso;
tercero, en el verano es tan gracioso
que no puedo matarlo aunque quisiera.

Por eso Paula, quiero que te acuerdes
de un viejo cazador con ojos verdes
que dejó su fusil y su cuchillo

para contarte una pequeña historia
sin oso, sin angustia, sin memoria,
un cuento, nada más, claro y sencillo.

Óscar Castro / LA CABRA



La cabra suelta en el huerto
Andaba comiendo albahaca.

Toronjil comió después
y despues tallos de malva.

Era blanca como un queso,
como la luna era blanca.

Cansada de comer hierbas,
se puso a comer retamas.

Nadie la vió sino Dios.
Mi corazón la miraba.

Ella seguia comiendo
flores y ramas de salvia.

Se puso a balar después,
bajo la clara mañana.

Su balido era en el aire
un agua que no mojaba.

Se fué por el campo fresco,
camino de la montana.

Se perfumaba de malvas
el viento, cuando balaba.

Andrés Eloy Blanco / La vaca blanca



De un amor que pasó, como un paisaje
visto del tren, cuando se va de viaje;
de un romance de un mes, en un cobijo
del llano, una mujer me dejó un hijo.

Ella murió, y abrieron una fosa,
y allí metieron el residuo humano,
y una cúpula azul sobre una losa
fue el mausoleo: el cielo sobre el llano.

Y me dejó un pequeño
así de grande y como flor de harina,
con unos ojos como para un sueño
y el laberinto de su lengua china.

Yo vine de muy lejos para verle. Tenía
las pestañas muy largas; me miró fijamente
y me mostró la lengua bajo la calva encía,
con una picardía
de granuja que dice: “Qué me verá esta gente?”

Tuvo hambre. Yo anduve de covacha en covacha
comprándole su leche al niño ajeno;
cada vez que encontraba una muchacha,
con cierta gula le miraba el seno.

Había seis mujeres:
eran cinco doncellas y una vieja arrugada;
eran diez pechos para los placeres
y dos que no servían para nada.

Pasé por el corral y hallé en la puerta
la vaca blanca y su ternera muerta.
Y se vino hacia mí la vaca blanca,
una estrella en la frente y una cruz en el anca…

Mi niño era de nieve; su ternera, de armiño;
por su ternera, yo le di mi niño.

Y era aquel despertar por la mañana,
cuando rompía el sueño
el mugir de la vaca en la ventana,
y el breve ordeñador iba al ordeño.

Y aquella boca en el pezón colgante,
y aquel mirar de vaca, mansamente,
y después, él delante
del testuz, y la vaca le lamía la frente.

Hoy le enterramos. Vino
la fiebre, y en dos días se me fue. En el camino
he encontrado la vaca; por la tierra albariza
se acercaba a lo lejos su dolor de nodriza…

Los dos nos arrimamos, y se puso a mirarme;
en la frente dolida se le avivó el lucero,
y sus remotos ojos parecían hablarme
del dolor que le daba de perder mi ternero.

Y la nodriza y todo
cuanto del llano tuve, se me quedó en el llano…
La vaca me miraba…, me miraba de un modo,
que yo sentí la angustia de tenderle la mano…

Roberta Iannamico / Los caprichos de la vaca



La vaca dijo:
-Quiero ser princesa
Y la peinaron con peine de cristal.

Al rato dijo:
-Quiero ser un barco.
Y la empujaron hasta la playa,
la espuma del mar la acariciaba.

Ahí dijo:
-Quiero ser pájaro.
Y le pusieron pico,
le pusieron plumas.

Después dijo:
-Quiero ser una flor.
Y la regaron.
-Quiero ser la luna.
Y la salpicaron con brillitos plateados.
Siguió diciendo:
-Quiero ser una bruja.
Quiero ser un reloj.
-Quiero ser una mandarina.

Era una vaca antojadiza
pero hermosa como ninguna otra.

Roberta Iannamico (Bahía Blanca, Argentina, 1972)

Eduardo Lizalde / Vaca y niña



Los niños de las ciudades
conocen bien el mar,
mas no la tierra.
La niña que no había visto,
nunca, una vaca
se la encontró en el prado
y le gustó.
La vaca no sonreía
-está contra sus costumbres-.
La niña se le acercó, pasos menudos,
como a una fuente materna
de leche y miel y cebada.
La vaca a su vez,
rumiando dulce pastura,
miró a la pequeña triste,
como a un becerro perdido,
y la saludó contenta:
la cola en alta alegría,
látigo amable
que festejaban las moscas.

Adriano C. de San Martín / Oda a la vaca



                                        Al poeta Alfonso Chase

Allá en la niebla del amanecer donde mugen
en los inmensos potreros cegados por alambradas
con árboles inmensos donde anidan los rayos
en la vastedad vegetal con horizonte de lluvias
allí pastan y mueren las vacas

Son el trazo de una infancia sanacarleña marchita
que regresa en el viaje a la aldea de entonces
devorada por el fast food y la basura del éxito

Allí permanece tranquila
rumiante en su propia esquina
arreada por el viento y algún perro
o disciplinada en la columna que aparta el prado
presta para la siesta y el ordeño

Siempre nos espera en lechada
variopinta en sus colores andante o pajarota
la más pacífica de las bestias
madre lejana del semental o del bovino
que muere exhausto en la lidia a la tica

Monindra Gupta / La vaca de la luna"



Es el atardecer. No hay ola en la mente, no hay prisa, ni tiro.
Después de una sola llamada típica han llegado dos hermanos tranquilos
                                        con hojas rotas en la boca.
El aire-la sombra-la luz solar es indiferente: no hay ola, no hay prisa, ni tiro.
Ato a los dos hermanos bueyes impasibles con mucho cariño a la madera de la carreta. El coche se mueve con gestos tranquilos.
Los bueyes llevan el olor de las hierbas de los campos,
al tocarlas la respiración de aquellas hierbas llenan la mano.

En los caminos debajo de las sombras de los árboles queda
                        el arbusto triste de cedoaria blanda
un día sacaré el almidón azul
desde sus raíces.
Pero olvido..

En el estanque perezoso de la luz, este país es como un corcho que
                                            flota ligero.
Las nubes se han ido lejos con las olas pequeñas
se ha ido lejos la felicidad
¿la tristeza? también está al margen.

La carreta de los bueyes... el nebuloso movimiento gris de los bueyes...
en el entorno de las vacas que no desean nada, la luna sale...
el campo enmudeció de arena toda la noche...
se mueve la huella de la rueda inmóvil sobre la arena blanca
-la rueda del coche- la rueda de la luna.

(Trad.: Subhro Bandopadhyay   y Susana Agustín, adaptación de Violeta Medina).

Joan Maragall / La vaca ciega



En los troncos topando de cabeza,
hacia el agua avanzando vagorosa,
del todo sola va la vaca. Es ciega.
De una pedrada harto certera un ojo
le ha deshecho el boyero, y en el otro
se le ha puesto una tela. La vaca es ciega.
Va a abrevarse a la fuente que solía,
mas no cual otras veces con firmeza,
ni con sus compañeras, sino sola.
Sus hermanas por lomas y cañadas,
por silencio de prados y riberas,
hacen sonar la esquila mientras pastan
hierba fresca al azar. Ella caería.
Topa de morro en la gastada pila,
afrentada se arredra, pero torna,
dobla la frente al agua y bebe en calma.
Poco y casi sin sed; después levanta
al cielo enorme la testuz cornuda
con gesto de tragedia; parpadea
sobre las muertas niñas, y se vuelve,
bajo el ardiente sol, de lumbre huérfana,
por sendas que no olvida, vacilando,
blandiendo en languidez la larga cola.

Trad.: Miguel de Unamuno

Federico García Lorca / VACA




                                                          A Luis Lacasa

Se tendió la vaca herida;
árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.
Su hocico sangraba en el cielo.

Su hocico de abejas
bajo el bigote lento de la baba.
Un alarido blanco puso en pie la mañana.

Las vacas muertas y las vivas,
rubor de luz o miel de establo,
balaban con los ojos entornados.

Que se enteren las raíces
y aquel niño que afila su navaja
de que ya se pueden comer la vaca.

Arriba palidecen
luces y yugulares.
Cuatro pezuñas tiemblan en el aire.

Que se entere la luna
y esa noche de rocas amarillas:
que ya se fue la vaca de ceniza.
Que ya se fue balando
por el derribo de los cielos yertos
donde meriendan muerte los borrachos.

Gonzalo Ramos Aranda / Perezoso



“Perro fiel, . . . muy empeñoso.”

Se nos murió El Perezoso,
perro fiel, el más famoso
de Pátzcuaro, San Pedrito,
¡Dios mío, ya, lo necesito!

Se nos murió El Perezoso,
leal guardián, asaz juicioso,
de Apúpato Desarrollo
Ecoturístico, no es “rollo”.

Se nos murió El Perezoso,
digno can, precioso, hermoso,
¿quién acudirá a mi encuentro,
a mi llegada a tal centro?

Se nos murió El Perezoso,
mi mustio chucho, empeñoso,
de andar, recorrer de pastos,
siguiendo huellas y rastros.

Se nos murió El Perezoso,
tuso tenaz, afectuoso,
recibí sus empalagos,
sus cariños, sus halagos.

Se nos murió El Perezoso,
digo estos versos, lloroso,
pues gocé su compañía
en esa . . . campiña mía.

Se nos murió El Perezoso,
servicial, ser luminoso,
tuve noches de fortuna,
de sentir, con él, la luna.

Se nos murió El Perezoso,
vigilante, harto amistoso,
¿quién cuidará los terrenos,
quién velará nuestros sueños?

Se nos murió El Perezoso,
este trance es doloroso,
fue un animal muy querido,
extrañaré . . . su ladrido.

Se nos murió El Perezoso,
mi subalterno, enjundioso,
ha de andar, allá, en los cielos,
recorriendo otros senderos.

Ciudad de México, a 19 de noviembre del 2017
Dedicado al Señor Ing. Saul Morales Hernández
Registro SEP Indautor No. (en trámite)
Colaboración de Gramos Gramos

Mario Benedetti / El hombre que aprendió a ladrar



Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

Henry Kringle / Perro



Un mundo de expresión es su mirada.
Y un lenguaje, su cola en movimiento.
Su lamido es un beso al sentimiento.
Y con él, la familia es prolongada
Al escuchar del amo una llamada,
es el eco, su ser, en cumplimiento.
Y al despertar un hueso su contento,
su inefable humildad se ve pintada.
Compañero de amor en la tristeza.
Resignado guardián en el encierro.
Y lealtad, de la cola a la cabeza.
En consecuencia, se comete un yerro
(hiriendo al animal en su nobleza)
cuando al villano se lo llama perro.

Pablo Neruda / Un perro ha muerto



Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.

Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.

Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero
que para mí jamás fue un servidor.
Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.

No, mi perro me miraba dándome la atención necesaria
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas del mar,
en el Invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasando de pájaros glaciales
y mi perro brincando, hirsuto,
lleno de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.
alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más,
con el absolutismo de la naturaleza descarada.
No hay adiós a mi perro que se ha muerto.

Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.
Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

David Herbert Lawrence / El elefante es lento para aparearse



El elefante, ese enorme y viejo animal,
es lento para aparearse;
encuentra una hembra y ninguno parece apurarse,
ambos saben esperar

que la simpatía, lenta, muy lentamente,
en sus tímidos y vastos corazones se asiente
mientras en las riberas vagabundean
y beben y se apacientan

y huyen en pánico entre las malezas
de la selva con la manada,
y duermen en masivo silencio, y despiertan
juntos, sin una sola palabra.

Así, lentamente, los ardientes corazones inmensos
de los elefantes se llenan de deseo
y por fin las grandes bestias se aparean en secreto,
ocultando su fuego.

Son las bestias más sabias y las más viejas
así que saben perfectamente
esperar la más solitaria de las fiestas,
el generoso banquete.

No desgarran, no arrebatan, no laceran;
su sangre inmensa
se mueve con las mareas, cada vez más cerca,
hasta que desborda y se mezcla.

Pablo Neruda / Oda al elefante



Espesa bestia pura,
San Elefante
animal santo
del bosque sempiterno,
todo materia fuerte
fina
y equilibrada,
cuero
de
talabartería planetaria,
marfil
compacto, satinado,
sereno
como
la carne de la luna,
ojos mínimos
para mirar, no para ser mirados,
y trompa
tocadora,
sorneta
del contacto,
manguera
del animal
gozoso
en
su
frescura,
máquina movediza,
teléfono del bosque,
y así
pasa tranquilo
y bamboleante
con su vieja envoltura,
con su ropaje
de árbol arrugado,
su pantalón
caído
y su colita.
No nos equivoquemos.
La dulce y grande bestia de la selva
no es el clown,
sino el padre,
el padre en la luz verde,
es el antiguo
y puro
progenitor terrestre.

Total fecundación,
tantálica
codicia, fornicación
y piel
mayoritaria,
costumbres
en la lluvia
rodearon
el reino
de los elefantes
y fue
con sal
y sangre
la genérica guerra
en el silencio.

Las escamosas formas
el lagarto león,
el pez montaña,
el milodonto cíclope,
cayeron,
decayeron,
fueron fermento verde en el pantano,
tesoro
de las tórridas moscas,
de escarabajos crueles.
Emergió el elefante
del miedo destronado.

Fue casi vegetal, oscura torre
del firmamento verde,
y de hojas dulces, miel
y agua de roca
se alimentó su estirpe.

Iba pues por la selva
el elefante con su paz profunda.
Iba condecorado
por
las órdenes más claras
del rocío sensible
a la
humedad
de su universo,
enorme, y triste y tierno
hasta que lo encontraron
y lo hicieron
bestia de circo envuelta
por el olor humano,
sin aire para su intranquila trompa,
sin tierra para sus terrestres patas.
Lo vi entrar aquel día,
y lo recuerdo como a un moribundo,
lo vi entrar al Kraal, al perseguido.
Fue en Ceilán, en la selva.
Los tambores,
el fuego
habían desviado
su ruta de rocío,
y allí fue rodeado.
Entre el aullido y el silencio entró
como un inmenso rey. No comprendía.
Su reino era una cárcel, sin embargo
era el sol como siempre, palpitaba
la luz libre, seguía verde el mundo,
con lentitud tocó la empalizada,
no las lanzas, y a mí,
a mí entre todos,
no sé, tal vez no pudo ser, no ha sido,
pero, a mí me miro
con sus ojos secretos
y aún me duelen
los ojos
de aquel encarcelado,
de aquel inmenso rey preso en su selva.

Por eso hoy rememoro tu mirada,
elefante perdido
entre las duras lanzas
y las hojas
y en tu honor, bestia pura,
levanto los collares
de mi oda
para que te pasees
por el mundo
con mi infiel poesía
que entonces no podía defenderte,
pero que ahora
junta
en el recuerdo
la empalizada en donde aprisionaron
el honor animal de tu estatura
y aquellos dulces ojos de elefante
que allí perdieron todo lo que habían amado.

Óscar Castro/ FUGA MOJADA



Iba por el agua la potranca fina,
la que tiene el casco de ventisca clara.
Iba por el agua delicadamente,
cruzando el misterio de un túnel de ramas.

A la dulce vera del agua crecían
hierbas de la plata de mojadas barbas.
Y bajo los dedos del viento campero,
los mimbres esbeltos tocaban guitarras.

Húmedo su belfo, -la potranca olía,
y compraba mentas con monedas de agua.
Y en el chapoteo de sus cascos tiernos escapaban peces y crecían alas.

Muasqueada por látigos de sombra, seguir pisando el estero de pura mirada.
Por sus cuatro patas como tallos grises,
subía el estero, camino de su alma.

De pronto, La Niña desnuda en el agua, deslumbró sus ojos, blanca, blanca, blanca. Llenas las pupilas de fulgores y hostias
se quedó mirando la fina potranca.

Y huyó temblorosa por el campo nuevo, rompiendo la hierba con cascos de plata.
La niña, miedosa de centauros locos,
por el bosque huía con su traje de agua.

Fabio Morabito / Todo padre es un caballo



MI HIJO juega sobre mi lomo,
es un vaquero y lo llevo
a cuatro patas por la alfombra
espoleado por sus ¡arre caballo!,
pero sus pies ya tocan el piso,
no es el jinete de antes
que a horcajadas limpias se aferraba
a mi cuello, ahora percibe
su propio peso, deja de arrearme
y se baja. Me acuesto boca arriba,
él se acuesta también
y miramos el techo. Ya no soy
su caballo. No me lo dice,
pero lo piensa. Se bajó
para siempre de mí, su centauro,
a este suelo de todos
que da vuelta a la tierra.