Robert Burns / A un ratón del campo, en ocasión de haber deshecho su nido con el arado.
Pequeña escuálida, asustada, temerosa bestezuela, ¡oh!, ¡qué pánico hay en tu pechito! ¡No huyas tan apurada, con murmurante prisa: jamás te perseguiría, para cazarte con el arado asesino!
Lamento, en verdad, que el dominio del hombre haya roto la unión social de la naturaleza, y justificado esa mala opinión que te hace huir de mí, tu pobre, agreste compañero, tan mortal como tú.
No dudo, es claro, que tú robes; ¿qué importa? Pobre animalito, tú también debes vivir. Un poco de trigo en una bolsa es tan poca cosa; yo me contentaré con el resto, y nunca me daré cuenta.
¡Y tu casita, en ruinas también! ¡Con lo que soplan los vientos! ¡Y nada de forraje, en esta época, para construir una nueva! ¡Y los ásperos vientos de diciembre que se acercan, amargos e incisivos!
Viste que los campos se desnudaban, y que el cansado invierno se acercaba rápidamente; y decidiste refugiarte aquí, cómodo, lejos del cierzo. Hasta que, ¡crash!, la reja cruel atravesó tu celda.
¡Ese montoncito de hojas y pajitas te ha costado muchos fangosos ramoneos! Ahora te han desalojado de tu casa, a pesar de todo tu trabajo, y debes soportar la llovizna cruel del invierno, y la fría helada.
¡Ay ratoncito, no eres el único que ha comprobado la vanidad de las previsiones; los mejores proyectos de hombres y de ratones fracasan a menudo, y no nos dejan sino dolor y pena, en vez de la alegría prometida!
Todavía eres feliz, comparado conmigo; sólo el presente te concierne; pero ¡ay, yo vuelvo hacia atrás mis ojos, y sólo veo escenas lamentables; y hacia adelante, aunque no puedo ver, me imagino, y me estremezco!
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