Luis Fernando Macías /EL TIEMPO DE LOS ÁRBOLES
El tiempo de los árboles es más lento porque ellos viven tranquilos.
Los árboles están contentos con su condición de árbol y son leales a su naturaleza.
El mango no quiere ser naranjo porque está satisfecho de sus dulces frutos y los exhibe orgulloso en grandes gajos que cambian el verde al amarillo y al rostro sus ramas.
En los vientres de las selvas colombianas los guayacanes, las ceibas, el duro para siempre, elevan sus ramas serenas hacia el cielo en busca de la luz del sol que es la cúpula del cielo con la tierra.
Los árboles guardan un silencio sabio durante los siglos de su existencia y, con éste, dicen la verdad profunda para que la escuche quien oídos tenga.
La paz de los árboles propicia moradas a los pájaros, que son nerviosos e inquietos porque su corazón es frágil y su cuerpo leve.
Los árboles reciben gustosos el agua de las lluvias,
la alegría reverdece sus hojas como el aliento de una mano fresca.
Muy raramente el árbol entristece y si entristece es por enfermedad o por falta de agua, pero se alivia fácil
porque es inocente y simple.
El tiempo de los árboles casi está detenido para nuestros ojos rápidos.
El amor de los árboles casi es invisible para nuestro corazón mezquino.
La paz de los árboles
es el secreto de su larga vida.
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