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viernes, 9 de abril de 2021

Juan Ramón Jiménez / El viaje definitivo

 


Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.



Juan Ramón Jiménez 

sábado, 2 de enero de 2021

Louise Glück/ El vestido


 

Se me secó el alma.

Como un alma arrojada al fuego, pero no del todo,

no hasta la aniquilación. Sedienta,

siguió adelante. Crispada,

no por la soledad sino por la desconfianza,

el resultado de la violencia.


El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,

a quedar expuesto un momento,

temblando, como antes

de tu entrega a lo divino;

el espíritu fue seducido, debido a su soledad,

por la promesa de la gracia.

¿Cómo vas a volver a confiar

en el amor de otro ser?


Mi alma se marchitó y se encogió.

El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado grande

  para ella.


Y cuando recuperé la esperanza,

era una esperanza completamente distinta.




Louise Glück/ La primera nieve


 

Como una niña, la tierra se va a dormir, 

o al menos así dice el cuento. 


Pero no estoy cansada, dice, 

y la madre responde: Puede que tú no estés cansada pero yo sí. 

Lo puedes ver en su rostro, todo el mundo puede. 

Así que la nieve debe caer, el sueño debe venir. 

Porque la madre está mortalmente harta de su vida 

y necesita silencio.


Louise Glück


Louise Glück / Primer recuerdo

 


Hace mucho me hirieron. Viví

para vengarme

de mi padre, no

por lo que fue

sino por lo que era yo:

desde el principio de los tiempos,

en la infancia, pensé

que el dolor significaba

que no era amada.

Significaba que yo amaba.


Louise Glück


viernes, 1 de enero de 2021

Peter Handke / Cuando el niño era niño

 

El cielo sobre Berlín 

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.


Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,

frecuentemente se sentaba en cuclillas,

y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?

Lo que veo, oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.

Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.

En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.

En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando,
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

Peter Handke


martes, 7 de julio de 2020

Pablo Neruda / España en el corazón

 

Madrid 1936

 
Madrid, sola y solemne.
Julio te sorprendió con tu alegría de panal pobre.
Clara era tu calle, claros eran tus sueños.
Un hipo negro,
una ola de sotanas rabiosas
rompió entre tus rodillas sus cenegales aguas,
sus ríos de gargajos.
Con los ojos heridos todavía de sueño,
con escopetas y piedras,
Madrid, recién herida,
te defendiste,
corrías por las calles dejando estelas de tu santa sangre,
lamiendo y llamando con una voz de océano
con un rostro cambiado para siempre
por la luz de la sangre
como una vengadora montaña
como una silbante estrella de cuchillos.
 
Cuando en la sacristía de la traición
entró tu espada ardiendo,
no hubo sino silencio de amanecer,
no hubo sino tu paso de banderas
y una honorable gota de sangre en tu sonrisa.
 
Preguntaréis: ¿Dónde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?
 
Os voy a contar todo lo que me pasa.
 
Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
 
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
Hermano, hermano!
 
Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Arguelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.
 
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
 
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
 
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
 
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
 
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
 
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
 
Venid a ver la sangre por las calles
venid a ver
la sangré por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!


 

 

viernes, 3 de julio de 2020

Gabriela Mistral / Encuentro del Ciervo

Gabriela Mistral / Encuentro del Ciervo (audio)

Iba yo, cruza-cruzando
matorrales, peladeros,
viéndome enojos de quiscos
y escuadrones de hormigueros
cuando saltaron tus ojos,
y saltó tu bulto entero
de un entrevero de helechos,
tu cuello y tu cuerpecillo
en la luz, cual pino nuevo.

Naciste en el palmo último
de los Incas, tú, mi ciervo,
donde empezamos nosotros
y donde se acaban ellos;
y ahora tú me guías
o soy yo la que te llevo
¡qué bien entender tú el alma
y yo acordarme del cuerpo!

Son muy tristes, mi chiquito,
las rutas sin compañero:
parecen largo bostezo,
jugarretas de hombre ebrio.
No las tomes, no las sigas
que son también mataderos.

Bien que te escoges y tomas
quebrada bosque y entreveros.

Preguntadas no responden
al extraviado ni al ciego
y parecen la Canidia
que sólo juega a perdernos.
Pero tú les sabes, sí,
malicias y culebreos…

Vamos caminando juntos
así, en hermanos de cuento,
tú echando sombra de niño,
yo apenas sombra de helecho…

(¡Qué bueno es en soledades
que aparezca un Ángel-ciervo!)

Será porque donceleas
en el escudo chileno
que en viéndome me acudiste
y me llevas o te llevo
y el rumbo nos señalamos
con la alzada de tu cuello.

No quieren las gentes ya
fiarse por los senderos
al volar de unas palomas
o al cuello alzado de un ciervo
aunque un cervato los guíe
mejor que andante embustero.

A ver si andando y quemando
legua y leguas aprendemos,
que el ciervo nace baqueano
en rumbos, sendas y riesgos.

Bien mereces que te aúpe
por lo que tuve de reino
y te muestre a los demiurgos
que con barro y luz te hicieron.
Más que los hombres mereces
correr feliz por los cielos
sin que el espinal te atrape
o que te entreguen los senderos,
tú, Ciervo que has matado
y solo rumias el viento…

Vuélvete, pues, huemulillo,
y no te hagas compañero
de esta mujer que de loca
trueca y yerra los senderos,
porque todo lo ha olvidado,
menos un valle y un pueblo.

El valle lo mientan Elqui
y Montegrande mi dueño.
Aunque lo dejé me tumba
en lo que llaman el pecho,
aunque ya no lleve nombre
ni dé sombra caminando,
no me oigan pasar las huertas
ni me adivinen los pueblos.

¿Cómo me habían de ver
los que duermen en sus cerros
el sueño maravilloso
que me han contado mis muertos?
Yo he de llegar a dormir
pronto de mi sueño mismo
que está doblado de paz,
mucha paz y mucho olvido,
allá donde yo vivía,
donde río y monte hicieron
mi palabra y mi silencio
y Coyote ni Coyota
hielos ni hieles, me dieron.

domingo, 28 de junio de 2020

Wislawa Szymborska / El arca


Empieza una lluvia prolongada.
¡Al arca!, porque ¿dónde, si no, se van a meter?:
poemas para una sola voz,
éxtasis privados,
innecesarios talentos,
curiosidad superflua,
tristezas y temores de corto alcance,
ganas de ver las cosas desde seis lados.
Los ríos crecen y se desbordan.
¡Al arca!: claroscuros y semitonos,
caprichos, ornamentos y detalles,
excepciones tontas,
signos olvidados,
innumerables variedades del gris,
juego para el juego,
y lágrimas de la sonrisa.
Hasta donde alcanza la vista, todo es agua y un horizonte borroso.
¡Al arca!: proyectos para un futuro lejano,
alegría de las diferencias,
admiración de los mejores,
elección no reducida a uno de los dos,
anticuados escrúpulos,
tiempo para pensarlo
y fe en que todo esto
pueda un día aún ser útil.
En consideración a los niños
que seguimos siendo,
los cuentos de hadas terminan bien.
Aquí tampoco puede haber ningún otro final.
Cesará la lluvia,
bajarán las olas,
sobre el despejado cielo
se descorrerán las nubes
y serán de nuevo
como deben ser las nubes sobre todo el mundo:
elevadas y frívolas,
semejantes
a felices islas,
borreguitos,
coliflores,
y pañales
secándose al sol.

Pablo Neruda / Canto General (fragmento)

Desde la lectura de Salut au monde! Y a partir de la pregunta que Whítman se plantea en ese poema: What do you see, Walt Whítman? (¿Qué ves, Walt Whítman?), Pablo Neruda amplia esa visión y misión en el Canto General:


Walt Whitman, levanta tu barba de hierba,
mira conmigo desde el bosque,
desde estas magnitudes perfumadas.
Qué ves allí, Walt Whitman?
Veo, me dice mi hermano profundo,
veo cómo trabajan las usinas,
en la ciudad que los muertos recuerdan,
en la capital pura,
en la resplandeciente Stalingrado.
Veo desde la planicie combatida,
desde el padecimiento y el incendio,
nacer en la humedad de la mañana
un tractor rechinante hacia las llanuras.
Dame tu voz y el peso de tu pecho enterrado,
Walt Whitman, y las graves
raíces de tu rostro
para cantar estas reconstrucciones!
Cantemos juntos lo que se levanta
de todos los dolores, lo que surge
del gran silencio, de la grave
victoria:
Stalingrado, surge tu voz de acero,
renace piso a piso la esperanza
como una casa collectiva,
y hay un temblor de nuevo en marcha
enseñando,
cantando
y construyendo.