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lunes, 2 de agosto de 2021

Jorge Luis Borges / Beppo


 

El gato blanco y célibe se mira

en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa blancura

y esos ojos de oro que no ha visto

nunca en la casa, son su propia imagen.

¿Quién le dirá que el otro que lo observa

es apenas un sueño del espejo?

Me digo que esos gatos armoniosos,

el de cristal y el de caliente sangre,

son simulacros que concede al tiempo

un arquetipo eterno. Así lo afirma,

sombra también, Plotino en las Ennéadas.

¿De qué Adán anterior al paraíso,

de qué divinidad indescifrable

somos los hombres un espejo roto?




domingo, 12 de julio de 2020

Lucian Blaga / El roble


En la clara distancia siento desde el pecho de una torre

cómo suena el corazón de una campana, 

y en los dulces sonidos

se me antoja

que gotas de silencio y no de sangre

son las que corren por mis venas.

¿Por qué, oh roble, en el umbral de la selva, 

cuando a tu sombra me acojo

y me acaricias tus trémulas hojas,

por qué me vence con sus alas frágiles 

tanta paz?

Imposible saberlo. Tal vez con tu tronco 

muy pronto han de hacer mi ataúd.

Y es quizá el silencio que me espera 

dentro de mi ataúd el que ahora siento.

Gotea e mi alma desde tus hojas

y mudo

escucho crecer en tu tronco el ataúd. 

Mi ataúd

creciendo en ti a cada instante que pasa, 

oh roble en el umbral de la selva...





sábado, 23 de mayo de 2020

Gerardo Diego / El ciprés de Silos


A Ángel del Río

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

martes, 5 de mayo de 2020

Marosa di Giorgio / Árbol de magnolias

 

Árbol de magnolias,
te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos;
los pastores, enamorados como gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro,
de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, con tu
eterna
juventud, tu vejez eterna,
niña de Comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.

miércoles, 22 de abril de 2020

Gabriela Mistral / El espino


El espino prende a una roca
su enloquecida contorsión,
y es el espíritu del yermo,
retorcido de angustia y sol.

La encina es bella como Júpiter,
y es un Narciso el mirto en flor.
A él lo hicieron como a Vulcano,
el horrible dios forjador.

A él lo hicieron sin el encaje
del claro álamo temblador,
por que el alma del caminante
ni le conozca la aflicción.

De las greñas le nacen flores.
(Así el verso le nació a Job).
Y como el salmo del leproso,
es de agudo su intenso olor.

Pero aunque llene el aire ardiente
de las siestas su exhalación,
no ha sentido en su greña oscura
temblarle un nido turbador...

Me ha contado que me conoce,
que en una noche de dolor
en su espeso millón de espinas
magullaron mi corazón.

Le he abrazado como una hermana,
cual si Agar abrazara a Job,
en un nudo que no es ternura,
¡porque es más desesperación!

Gabriela Mistral / Himno al árbol


A don José Vasconcelos

Árbol hermano, que clavado
por garfios pardos en el suelo,
la clara frente has elevado
en una intensa sed de cielo:

hazme piadoso hacia la escoria
de cuyos limos me mantengo,
sin que se duerma la memoria
del país azul de donde vengo.

Árbol que anuncias al viandante
la suavidad de tu presencia
con tu amplia sombra refrescante
y con el nimbo de tu esencia:

haz que revele mi presencia,
en las praderas de la vida,
mi suave y cálida influencia
sobre las almas ejercida.

Árbol diez veces productor:
el de la poma sonrosada,
el del madero constructor,
el de la brisa perfumada,
el del follaje amparador;

el de las gomas suavizantes
y las resinas milagrosas,
pleno de tirsos agobiantes
y de gargantas melodiosas:

hazme en el dar un opulento.
¡Para igualarte en lo fecundo,
el corazón y el pensamiento
se me hagan vastos como el mundo!

Y todas las actividades
no lleguen nunca a fatigarme:
¡las magnas prodigalidades
salgan de mí sin agotarme!

Árbol donde es tan sosegada
la pulsación del existir,
y ves mis fuerzas la agitada
fiebre del siglo consumir:

hazme sereno, hazme sereno,
de la viril serenidad
que dio a los mármoles helenos
su soplo de divinidad.

Árbol que no eres otra cosa
que dulce entraña de mujer,
pues cada rama mece airosa
en cada leve nido un ser:

¡dame un follaje vasto y denso,
tanto como han de precisar
los que en el bosque humano —inmenso—
rama no hallaron para hogar!

Árbol que donde quiera aliente
tu cuerpo lleno de vigor,
asumes invariablemente
el mismo gesto amparador:

¡haz que a través de todo estado
—niñez, vejez, placer, dolor—
asuma mi alma un invariado
y universal gesto de amor!

Gabriela Mistral / Plantando el árbol


Abramos la dulce tierra
con amor, con mucho amor;
es este un acto que encierra,
de misterios, el mayor.
Cantemos mientras el tallo
toca el seno maternal.
Bautismo de luz da un rayo
al cono piramidal.
Le entregaremos ahora
a la buena Agua y a vos,
noble Sol; a vos, señora
Tierra y al buen Padre Dios.
El Señor le hará tan bueno
como un buen hombre o mejor:
en la tempestad sereno,
y en toda hora, amparador.
Te dejo en pie. Ya eres mío,
y te juro protección,
contra el hacha, contra el frío
y el insecto, y el turbión.
A tu vida me consagro;
descansarás en mi amor.
¿Qué haré que valga el milagro
de tu fruto y de tu flor?

jueves, 9 de abril de 2020

Hamid Tibouchi /Cuando Ia puerta se acuerda


Cuando Ia puerta se acuerda
cuando la mesa se acuerda
cuando Ia silla, el armario, el aparador, la ventana se acuerdan
cuando se acuerdan intensamente
de sus raíces
de sus savias
de sus hojas
de sus ramas
de todo Io que en ellos habitaba
de los nidos y las canciones
de las ardillas y los monos
de Ia nieve y el viento
un escalofrío recorre Ia casa
que vuelve a ser bosque.

entonces tan solo escucho correr Ia fuente
y un fuego arde a mi alrededor
para calentar mi noche helada
de viajero extraviado.

(Extracto de Un árbol solo. Paris, 2001)

miércoles, 8 de abril de 2020

Robinson Quintero Ossa / Trupillo


Se escribe un día un sencillo poema que es, para el poeta, sombra desde donde mirar el mundo en medio de tantas luces que lo ciegan.
Trupillo: árbol con visera. Como tú con las ramas el poema con las palabras, parte y reparte la sombra.
Y ella se derrama.

sábado, 7 de marzo de 2020

Darío Jaramillo Agudelo / Caucho

Darío Jaramillo Agudelo / Caucho


El árbol de caucho es líquido,
sus hojas son agua, agua verde que respira,
surtidor detenido.
A su sombra, la tierra nunca está seca
y su tronco es humedad hecha madera.
Porción de selva en mi jardín,
árbol esponja, árbol laguna,
pulsación de los ríos subterráneos,
el verde caucho
viene de las profundidades del mar,
en el caucho no se separaron las aguas de la tierra
desde el primer día de la creación.

Darío Jaramillo Agudelo / Soy vegetal

Darío Jaramillo Agudelo / Caucho


El árbol de caucho es líquido,
sus hojas son agua, agua verde que respira,
surtidor detenido.
A su sombra, la tierra nunca está seca
y su tronco es humedad hecha madera.
Porción de selva en mi jardín,
árbol esponja, árbol laguna,
pulsación de los ríos subterráneos,
el verde caucho
viene de las profundidades del mar,
en el caucho no se separaron las aguas de la tierra
desde el primer día de la creación.

Dana Gelinas / Antes de existir un jardín en mi casa...

Dana Gelinas / Antes de existir un jardín en mi casa...


Antes de existir un jardín en mi casa,
entre los escombros de la construccion,
dentro de un nicho,
dos albañiles protegieron
un milagro: la jacaranda de treinta centímetros
que nació bajo uno tablones de madera.

Jacaranda,
el árbol que endulzaba el aire de la acera,
de ventanas y puertas,
con ráfagas de lilas descompuestas,
fue la cortina de follaje
que también pobló el tallo de mi cerebro
durante los cuatro mil días que existí
bajo el eterno crepúsculo multiplicado
cada tarde.
En ellos clavé los ojos
y los pies
y la raíz de mi existencia ante la creación del acero.

Ah, y durante los días más calcinantes
al lado de la puerta principal se enredó
una madreselva que perdía el interés en la vida.

Charlotte Mew / Tiraron los árboles

Charlotte Mew / Tiraron los árboles


   [Otro ángel clamó a gran voz]
   diciendo: No hagáis daño a la
   tierra, ni al mar, ni a los árboles…
   (Apocalipsis)

Están cortando los enormes árboles donde terminan los jardines.
Durante días hubo un rechinar de sierras, un silbido de ramas al caer,
un desplome de troncos, un crujido de ramas pisoteadas
con los "ay" y los "uy", con la charla ruidosa y las risas ruidosas de
los hombres, por encima de todo.
Recuerdo que una noche de primavera, hace mucho tiempo,
ante una reja, luego de bajarme de un carro, me encontré una gran rata
muerta       en el lodo de la entrada.
Recuerdo haber pensado que una rata, viva o muerta, había sido dejada de
la       mano de Dios,
pero que en mayo, al menos, hasta una rata debería estar viva.
El trabajo de toda la semana casi está listo. Falta aquella rama
  en el tronco amarrado, en esa lluvia delicada y gris,
        verde y alta,
        a solas sobre el cielo.
            (¡Y derribada ahora!)
        Salvo eso,
        de no ser por la rata vieja y muerta
que alguna vez, por un momento, consiguió deshacer la primavera, jamás
habría pensado en ello nuevamente.
La primavera no está deshecha hoy por un momento;
estos solían ser árboles enormes, ella estaba en sus troncos y raíces.
Cuando los hombres, con sus "ay" y "uy", se hayan llevado toda la gracia
susurrante,
para mí, media primavera se habrá ido con ellos.
Ahora se está yendo, y han golpeado mi corazón como los corazones de los
       plátanos;
ha latido mitad de mi vida con ellos, al sol, bajo las lluvias,
       en el viento de marzo, en la brisa de mayo,
en los violentos ventarrones que hasta ellos llegaron sobre los techos de los
       grandes mares.
     Tan sólo hubo una lluvia sutil mientras morían;
debieron escuchar los gorriones en vuelo,
las pequeñas criaturas reptantes en la tierra ahí donde yacían.
        Pero el día entero oí clamar a un ángel:
        "No lastimen los árboles".

Ágnes Nemes Nagy / Árboles

Ágnes Nemes Nagy / Árboles


Hay que aprender. Los árboles de invierno.
Ese cubrirse hasta los pies de escarcha.
Inmóviles cortinajes.
Hay que aprender la franja
donde el cristal ya humea,
y el árbol va cruzando la neblina
como los cuerpos la memoria.
Y tras los árboles el río,
las alas silenciosas de los ánades,
la cegadora noche azul y blanca
donde hay paradas cosas con capuchas.
Hay que aprender aquí los gestos
inenarrables de los árboles.

Vizma Belševica / Ser las raíces

Vizma Belševica / Ser las raíces


Ser las raíces. En el subsuelo al que jamás
desciende un rayo. Donde la luz nunca echa un vistazo.
Una rama sin pájaro. Una rama sin hojas.
La fuente de un manantial en la más fina red de fibra
que no debe romperse. El duro trabajo de las raíces.
Sin respiro. (Hasta el sueño de invierno sólo es aparente.)
Almacenar. Alimentar. Saciar. Ser un vínculo mudo
entre el amargo final y la vida. Negado por su propio ser
y tullido para permitir que la flor blanca
celebre el sol,
el poder de la revelación de la belleza.
Ser las raíces. Y no envidiar la flor.

Traducción del letón al inglés de Mara Rozitis
Versión del inglés al castellano, Jonio González

Raquel Garzón / Botánico Plan de escape Hay una plazoleta pequeña en el Jardín Botánico donde juego a perderme como en un cuadro de El Bosco. Elijo siempre el mismo banco. Respiro hondo, me desdigo de los zapatos y les presto a mis pies algo de humanidad sobre la tierra. Por dos minutos, soy el bicho más feliz de ese bosque artificial y entiendo qué siente el diccionario cuando dice lejanía: Un olor verde labrado por la lluvia, huída mineral del agua despeinada. Vértigo raro, frescura peligrosa, se puede levitar en esos ratos.

Raquel Garzón / Botánico


Plan de escape

Hay una plazoleta pequeña en el Jardín Botánico
donde juego a perderme
como en un cuadro de El Bosco.

Elijo siempre el mismo banco.
Respiro hondo,
me desdigo de los zapatos
y les presto a mis pies
algo de humanidad sobre la tierra.

Por dos minutos,
soy el bicho más feliz
de ese bosque artificial
y entiendo
qué siente el diccionario
cuando dice lejanía:

Un olor verde
labrado por la lluvia,
huída mineral del agua despeinada.

Vértigo raro,
frescura peligrosa,
se puede levitar en esos ratos.

Raquel Jaduszliwer / De "En el bosque"

Raquel Jaduszliwer / De "En el bosque"


Pienso que de haber dios
elegiría el bosque como su catedral

el bosque
y en la noche
su volumen sellado, el gran follaje
el peso de los animales

un pájaro asustado elegiría
para dar testimonio.

Julio J. Casal / Árbol

Julio J. Casal / Árbol


Árbol, yo ya sabía que eras hermano mío.
Hacia los cielos vamos en claro florecer...
Y tus ramas audaces hallaron el rocío
en el cristal y el ámbar, luz de mi amanecer...
¡Árbol, yo ya sabía que eras hermano mío!

En ti hay, a momentos, más pájaros que hojas
Y eres en primavera mágico surtidor.
Y en mí, ¡qué profusión de rosas, blancas, rojas!,
y ¡qué acento en mi lírico manantial interior!

Los dos brindamos, árbol, savia joven y nueva.
Y por nosotros corre un idéntico río
de emoción, y sabemos en las nieves de prueba
aguardar libremente el calor de otro estío.

Hacía lo azul, el mismo impulso azul nos lleva...
Árbol, yo ya sabía que eras hermano mío.

Baldomero Fernández Moreno / Le digo a un sauce

Baldomero Fernández Moreno / Le digo a un sauce


Sauce: en verdad te digo que me das compasión;
como si fuera un nido se te ve el corazón.

Tu pecho, verde claro, no puede guardar nada: te penetra hasta el fondo la primera mirada.

Cuando desciende el sol, ¡oh, sauce!, al iluminarte,
te atraviesa como un puñal de parte a parte;

y a través de tus ramas, perezosas y bellas, filtra toda la noche con su millón de estrellas.

Aprende, sauce, de ese ciprés fúnebre y mudo, grave como un secreto y prieto como un nudo.

José Eustasio Rivera / LA PALMERA

José Eustasio Rivera / LA PALMERA


Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura,
ante el sol moribundo, sus congojas al río.

Encendida en el lampo que arrebola el vacío, presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.

Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje la estremecen los besos de la brisa errabunda; y al morir en sus frondas el lejano celaje,

se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda resplandece cargada de racimos de estrellas.