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jueves, 27 de mayo de 2021

Adonis* / No el libro

El libro

para poder leer lo oculto en una rosa

y pronunciar el verbo sin palabras

 

¿Hay en verdad un libro 

o lenguajes seduciendo nuestras entrañas?

Emigramos en ellos hacia ellos

En ellos buscamos refugio

para liberar nuestra cadencia

del encadenamiento de sus ritmos

Y a ellos volvemos

para repetirlos en lenguajes distintos

 

No el libro, sino los deseos insaciables 

de las profundidades del cuerpo

y el vacío que se abriga a su sombra

 

No el libro, sino la poesía infinita

No el libro, sino el viento que lee lo escrito por las arenas

y aquello que dirá la espuma

No el libro: las rutas que a él nos llevan

son ciudades bajo llave 

No el libro, escribe tú, revuelta

el cuerpo del canto 

y grita ¡ven a mí

mi amor, bóveda celeste!

 

No el libro, las palabras son velos

Cada vez que leo, me implico más con las cosas 

Acaso me verás ascender, como por primera vez 

los escalones del libro, transformar sus espejismos, 

y convulsionar el cielo que lo alberga,

el espacio cuya sombra lo cobija

 

No el libro,

sino Adán

Adán, al fin, no es sino una herida, 

y al domeñarse, la herida se avoca

hasta el cielo, tornándose imagen 

Se hubiera dicho entonces

que se humaniza su arcilla

 

No el libro, 

sino Adán

Adán no es sino una palabra

que comprende en su composición la sangre 

Al balbucear, resbaló la man zana de su mano

 

Desde entonces, el cuerpo de la poesía 

entrega sus miembros a la locura,

el vértigo se adueñó de sus días

No el libro,

sino Adán

 

Adán , cuyo comienzo es el agua,

¿en que barro grabaste el final?

Henos descifrando el verbo en la arcilla, 

Extrayendo su agua del barro

¿Saldremos alguna vez de esta oscuridad? 

Adán, en éstas las letras de tu nombre

está el dolor de los cuerpos, la voz del tiempo 

Me enredo en ellos, de su tañer fabrico un astro

me esbozo, así mi rostro es de palabras

 

Ese rostro es la eternidad.

 

París, 1993

 

 

( Traducciónde Fernando Cisneros)

 

* Ali Ahmad Sa'ld, egresado de la Universidad de Damasco en 1954, se radica poco más tarde en Beirut y a partir de 1985 en París y en Ginebra. Es una de las personalidades más sobresalientes de la cultura árabe contemporánea. A partir de su interés por las figuras míticas del Oriente Antiguo adoptó el pseudónimo de Adonis, con el que es conocido tanto por su poesía como por su abundante obra crítica. 




jueves, 28 de enero de 2021

Sophia de Mello Breyner Andresen / La forma justa

 


Sé que sería posible construir un mundo justo
Las ciudades podrían ser claras y bañadas
Por el canto de los espacios y de las fuentes
El cielo el mar y la tierra están dispuestos
A saciar nuestra hambre de lo terrestre
La tierra donde estamos —si nadie la traiciona— ofrecería
Cada día a cada uno la libertad y el reino:
En la concha en la flor en el hombre y en el fruto
Si nada adolece la propia forma es justa
Y en todo se integra como palabra en verso
Sé que sería posible construir la forma justa
De una ciudad humana que fuese
Fiel a la perfección del universo


Por eso vuelvo a empezar sin tregua a partir de la página en blanco
Este es mi oficio de poeta para la reconstrucción del mundo.




viernes, 27 de noviembre de 2020

Raúl Zurita / Discurso pronunciado al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

 

Majestad, Señora Presidenta de Patrimonio Nacional, Señor Rector de la Universidad de Salamanca, Señor Secretario del Jurado, Señor Ministro de Cultura y Deporte, autoridades, señoras y señores:

 

Eres la noche, esposa: la noche en el instante   

mayor de su potencia lunar y femenina.

Eres la medianoche: la sombra culminante

donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

  

He venido repitiendo esas líneas casi como un mantra, como un pulso que me late tras la sien sin dejarme. Es el comienzo de "Hijo de la luz y de la sombra" de Miguel Hernández, uno de los más grandes poemas escritos en castellano, y he querido recordarlo aquí como un testimonio ante ustedes y ante todos los poetas de España y Portugal, de mi admiración, de mi gratitud y de mi reconocimiento. 

 

Hoy, en el Día internacional contra la violencia de género, vengo a agradecer profundamente la enorme distinción que me han conferido al otorgarme este Premio que lleva el nombre de su Majestad, y expresarles  asimismo mi gratitud a la Universidad de Salamanca y a Patrimonio Nacional. Es un alto honor que entiendo como un homenaje al gran río de la poesía del cual todos no somos sino pequeños eslabones. Recibo entonces este premio con alegría, orgullo y, al mismo tiempo, con pudor y vergüenza. Es demasiado todo lo que no hemos hecho, todo lo que no estamos alcanzando a hacer, todo lo que debimos entregar y que tal vez ya no entreguemos. 

 

Vengo de un país de desaparecidos que hoy se ha volcado fervorosamente a las calles en su lucha por recobrar su dignidad y la poesía es parte de esa lucha. No se devolvieron los cuerpos, es decir; no se le devolvió a la esposa el cuerpo de su esposo, no se le devolvió al niño pequeño el cuerpo de su padre, no se le devolvió al anciano el cadáver de su hijo, y fueron los poetas quienes debieron descender a la tibieza de la tierra que acogió esos restos, a las espumas del mar que mecieron esos cuerpos quebrados, a la piel reseca del desierto que preservó esos torsos rotos, y restaurar las palabras que ellos no alcanzaron a decirnos ni a decirse. Le correspondió a la poesía cumplir con las exequias de los ausentes, sancionar sus vidas y enterrar en las tumbas del lenguaje lo que los vivos debían haber enterrado en las tumbas de sus muertos. 

 

No se me escapa el terrible momento que el mundo está atravesando, por lo que les agradezco doblemente el que se haya realizado esta ceremonia de cuerpo presente. Son, lo sabemos, centenares de miles de muertos, más la secuela de miseria, injusticias e inequidades monstruosas que la pandemia ha revelado en toda su pavorosa evidencia. Asomándonos desde los bordes de la vida, desde su tumefacción y heridas, hemos muerto en cada cuerpo que muere, hemos enmudecido en cada una de estos finales silenciosos, sin abrazos, sin ilusiones, y en lo más oscuro del dolor y de la pérdida, con los ojos llorosos, hemos entrevisto también la trama de un amor incancelable instalado en el corazón mismo de la tierra. De esta tierra que a pesar de todo nos ama. 

 

Lloramos, nacemos, caemos en batallas que no eran nuestras, miramos los deslindes cada vez más nítidos de las capitales del dolor, como las llamo Paul Eluard, y entendemos que si el amor culmina es porque nos fue dada esa piedad por cada detalle del mundo, por esa hoja que cae y por esa hoja que brota, por el olor que deja la lluvia en los árboles, por ese ser que nace abrazado a la cruz de su cuerpo que es el mismo cuerpo en el que morirá crucificado.

 

En un mundo de víctimas y victimarios, la poesía es siempre la primera víctima, pero es también la primera que se levanta desde su propia muerte para decirnos a los sobrevivientes que, no obstante todo, vendrán nuevos días. He intentado describir esos nuevos días y esa es quizás la única razón por la que estoy aquí. He imaginado largas sagas alucinantes, poemas interminables que se me borraban como polvo en los dedos en el momento de escribirlos; he visto el Pacífico suspendido sobre las cumbres de Los Andes y cuadrillas de aviones dibujando con líneas de humo en el cielo el rostro de mi madre Ana Canessa que a los 96 años sigue escuchándome; he recordado la cara de alguien que no puedo recordar: la de mi padre muerto a los 31 sosteniéndome un segundo más entre sus brazos. He entrevisto desiertos enteros escritos y países hechos de amor y de muerte donde me encuentro con quienes amé y que tal vez me amaron, antes de esfumarse en sueños incomprensibles. Me he roto, he intentado cegarme tal vez porque creí que así podría fundirme con mi país desollado y retener por más tiempo las manos del amor desaparecido entre las mías, pero mi amor no ha sido suficiente. Me he entregado, allí están mis libros con mis afectos y desafectos, pero mi entrega no fue bastante y no sé si alcanzaré a soñar las imágenes y las palabra finales que todo poeta le debe al mundo.

 

Acosados por la deriva de una historia de la que todos somos parte y que no ha cesado de exhibir su violencia, su impiedad, su crueldad, su indiferencia: en este minuto hay una balsa con inmigrantes naufragando, en este minuto hay alguien que muere frente una frontera cerrada, en este minuto, en algún lugar, hay una ciudad que está siendo bombardeada, y entendemos entonces que la tarea no era escribir poemas, ni pintar cuadros, ni componer sinfonías, sino hacer de la vida una obra de arte, el más vasto y hermoso de los cantos, la única gran sinfonía frente a la cual valía la pena luchar y morir. No fue así y ese fracaso lo arrasa todo. No construimos el Paraíso. No hicimos de este mundo un Nuevo Mundo, no fue La Vida Nueva.

            

Pero es precisamente ese Paraíso, ese Nuevo Mundo, esa Vida Nueva, la razón de ser  de todos los poemas, de cada verso, de cada una de sus sílabas y letras. Cada uno es el puerto de llegada de un río inmemorial de difuntos que terminan en nosotros y donde nuestras palabras vivas van recogiendo el coro infinito de las palabras muertas. Puede que no sea más que un desvarío, pero he llegado a creer que la historia de una lengua es la historia de las infinidades de seres que yacen en cada sonido que hablamos, y cuando volvemos a usar esos sonidos, esas pausas, esos acentos, les estamos dando a ese mar antiguo de voces los sonidos de un nuevo día. Hablar es hacer presente a los muertos. Una lengua antes que nada es un acto de amor, ella es el “Amor constante más allá de la muerte” de Francisco de Quevedo, y nos sobrepasa infinitamente porque es la única resurrección que nos muestra el mundo. 

 

Morimos en nuestras lenguas madres y volvemos a nacer en ellas. Esa es la demencial apuesta de la poesía. Ella no puede derribar una dictadura ni curar una pandemia, pero sin la poesía nada es posible porque la esperanza de un nuevo día está inscrita en lo más imperecedero del sueño humano. Vislumbramos entonces los contornos de una solidaridad y justicia también inconmensurables que pronunciando las palabras que solo nuestros poemas conocían, que solo nuestra sed, que solo nuestra hambre de amor conocían, en las que sucesivas muchedumbres mirarán las imágenes de este tiempo y se preguntarán por esta época bárbara y feroz. Nada quedará allí de nosotros y sin embargo algo de nuestros ojos muertos estarán mirando a través de esos ojos vivos. Intuimos así que tal vez la única realidad que existe es aquella que se ve entre las lágrimas: esa iridiscencia del mundo que solo pueden captar los ojos que lloran. Como si nos llamaran desde esa bruma adivinamos los contornos aún borrosos del otro, de su cara cubierta que se acerca como si quisiera besar nuestra cara cubierta solo para confirmarnos que estrechar la vida de otro entre tus brazos y ser estrechado por la vida de otro entre sus brazos, contiene lo crucial; el dolor, el fervor y la maravilla a veces desesperada de la existencia.

 

Hemos arrastrado así mundos tras mundos, pero nuestro amor no ha sido suficiente. Hemos escrito con mis compañeros parte quizás de los más grandes poemas de nuestra generación, pero los grandes poemas solo cuentan si son un pretexto para la bondad, porque solo desde esa bondad la poesía estará cumpliendo con el único papel que le da sentido: celebrar la vida, llorar la muerte, e imprimir sobre los martillados rostros de lo humano, los rasgos aún inimaginables de una nueva eternidad. Porque un poema solo existe si puede resistir el vendaval de la eternidad y una de sus condiciones más insoslayables, y quizas crueles, es que no puede sino ser extraordinario. No hay poemas pequeños; no existe la poesía intimista, como no existe la poesía social, ni la poesía exteriorista, ni la poesía experimental, ni la antipoesía. La única poesía que existe es aquella que puede ser musitada frente a un ser que muere o leída en voz alta frente al mar.

 

Hablo entonces del dolor y de un lenguaje de ángeles que estará o no estará esperándonos, que escucharemos o no escucharemos, que es el lenguaje de los que se encuentran, de los que sólo pueden abrazarse, de los que no tienen otra posibilidad en este mundo que la de abrazarse, más allá de las pandemias, más allá de la vida, más allá de la muerte. Una humanidad no es nada sin eso. Incluso sin el sueño de eso. No es más que una simple constatación: No podemos ahora abrazarnos, pero nada persiste ni nada vive fuera del abrazo. Ser un ser humano es tener de tanto en tanto la posibilidad de recordarlo, ser un criminal, un dictador o un genocida es darse de tanto en tanto la posibilidad de olvidarlo.

 

Termino entonces este agradecimiento con mi abrazo, con la culminación de mi amor, con mi vida, con mi noche, con mi sueño y mi despertar:

 

Para ti Paulina, este poema de un artista desmembrado

 

                                           Madrugada, enero, 2020

  

De ése que te mira mientras duermes, apenas un

gesto y la fiebre. Apenas quizás una mano; esa

que tomó por primera vez la tuya emergiendo por

un instante desde el temblor de sus manos. De

ése estos escombros que se desmoronan siempre,

que caen siempre. De ese tal vez sus pómulos

y la marca de un dios menor que sigue quemando

su mejilla. De ese quizás solo esa ruta llorosa

y perdida que tomó el camino hacia tus brazos.

 

De ti la gloria del primer día clavado para

siempre y el fulgor de tus ojos mirando afuera

la intemperie nevada de las montañas. De ti la

feroz mañana imprescriptible en que babeantes

ante tu belleza las fieras sanguinarias no

sabían si amarte o morderte. De ti la fidelidad

de un día que cae, de un cielo y de un mar que

caen, de un hombre de espaldas estrechas

que cae y que suelta su mano de la tuya para

que tú no te caigas, para que no se derrumbe

la invalidez de  su noche sobre tus estrellas.

 

Muchas gracias. Eternamente agradecido.




miércoles, 26 de agosto de 2020

Jorge Luis Borges / Por si te lo preguntan...


 "Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

Jorge Luis Borges

domingo, 23 de agosto de 2020

Tania Ganitsky / Nunca he tenido algo...


Nunca he tenido algoque decir.La poesía es el síntomade mi silencio.Algunas imágenes errantescomo los tigreslos caballosy las piedrasflotan en el aire.Nada de esto pesa, pasa, aplaza.Las metáforasno concilian la distancia poéticade dos abismos.El mar ha muerto.El desierto ha muerto.Lo sé porque una vez envenenéa un caracol con saly burbujeabaigual que este vertederode palabras.

Tania Ganitsky

Tania Ganitsky / El mundo va a acabarse antes bue la poesía...


El mundo va a acabarse antes que la poesía y habrá nombrespara diferenciar el olvido de la faunadel olvido de la flora.La palabra esqueleto solo se referirá a los restos humanosporque habrá una forma particularde describir el conjunto de huesosde cada especie extinta.Habrá un nombre para designar la última chispa de fuego,un nombre primitivo como el del maíz,y otro para la transparencia del ríoque muchos se habrán lanzado a atraparal confundirla con sus almas.Las crías nacidas ese día no se tendrán en cuenta,pero la palabra parto sustituirá la palabra ironía que ya habrá sustituido la palabra tristeza.Y habrá un léxico de adioses,porque se dirán de tantas formasque llenarán un libro entero, que es lo que quedará del amor,de la literatura.El mundo va a acabarse antes que la poesíay la poesía continuará afirmando su devoción a lo perdido.


Tania Ganitsky

lunes, 20 de julio de 2020

Fernando Rielo / Qué es poesía




Qué es poesía...
No lo sé.
Quizá sea ese ser que duerme
en la navecilla de todas las cosas...
Tú le llamas Dios.
Yo le llamo perfume de una rosa...
Quizá sea el vuelo
de las alas muertas...
O el rumor silencioso de otoño
que vive oculto en las frondas...
Qué es poesía...
No lo sé.
Quizá sea ese hilito de luz
que vibra en la lágrima de todos los seres...
Quizá seas tú...
cuando duermes.


Fernando Rielo

domingo, 12 de julio de 2020

Lucian Blaga / Morada


Hay señales de que vivo en alguna parte 

de la ciudad, en una calle

con nombre de héroe de balada. 

Pero no moro en la ciudad,

me maldecirían el río y el árbol.

Mi modo de ser demiente el rumor. 

Se diría que tengo mi vivienda

en una aldea con alero de paja

y nombre de antiguo cuento.

Pero no habito

en la aldea, tampoco en un cuarto. 

Vivo dentro de un canto de pájaro.


Lucian Blaga / Yo no aplasto la corola de milagros del mundo


Yo no aplasto la corola de milagros del mundo 

ni extermino

con la inteligencia los enigmas que encuentro 

en mi senda,

en las flores, en los ojos, sobre labios o tumbas.

La luz de los otros

ahoga el hechizo de lo desconocido que se esconde

en las profundidades de la oscuridad,

pero yo,

yo con mi luz aumento el misterio del mundo. 

Así como la luna con sus blancos rayos

no disminuye, sino, temblorosa,

aumenta más el secreto de la noche,

así enriquezco yo también el oscuro horizonte 

con altas flores de sagrado misterio

y todo lo que es incomprensible

cambia en misterio más grande todavía

bajo mis ojos,

porque yo amo

flores y ojos y labios y tumbas.



José G. Martínez Fernández / Misión del poeta


Ser poeta está bien.

Para decir lo que otros callan

porque no captan la canción guardada.

Hablar de las cosas

que tienen música

y darle melodía

a la materia inerte.

Ser poeta está bien.

Para expresar el mundo

sin medir las palabras

a solicitud del gran maestro:

Walt Whitman.

Ser poeta está bien.

Desnudar muchachas con palabras,

beber la vida como alcohol

y ¡por qué no!

hacer del ruido del mar el silencio

y del silencio el gran canto

porque, al final de cuentas,

la misión del hombre que canta

es darle un poco más de pintura

a la obra no concluida.


José G. Martínez Fernández 

sábado, 6 de junio de 2020

Rogelio Ramos Signes / En descargo de un poeta que envejece



Cuando sobre la palabra «poesía»
                                            lea «poseía»
cuando por decir «alertados»
                              diga «aletargados»
              «dietético» por «didáctico»
                    «estupor» por «estupro»
                      «secuela» por «escuela»
                «tintorero» por «timorato»
        «cementerio» por «centenario»
habré ingresado lentamente
en la parte joven de mi vejez.
Cuando por leer «pabellón»
                            lea «paella»
significará que también tengo hambre
(o que extraño a mi madre),
cuando sobre la palabra «honor»
                     lea la palabra «horror»
                                  sobre «felicidad»
                               ponga «ferocidad»
                         y por decir «esperar»
                            sólo diga «espesor»
habré puesto un pie
en el primer tramo de mi última escalera.
Cuando por suplicar «perdón, perdón
                                    estaba equivocado»
            sentencie «ya no te queda salida,
                               mejor date por muerta»
deberán encarcelarme.
Cuando en el afán por leer la palabra «mujer»
                                              lea la palabra «manjar»
 deberán dejarme en libertad
                     o condenarme a cadena perpetua
según el recto entender de los señores del jurado.


Rogelio Ramos Signes (San Juan, 1950). Libros publicados: Las escamas del señor Crisolaras (1983), Diario del tiempo en la nieve (1985), En los limites del aire (1986), Soledad del mono en compañía (1994), Polvo de ladrillos (1995). El ombligo de piedra (2000), En busca de los vestuarios (2005). Este poema pertenece al libro inédito La Casa de Té. Tomado de Hablar de Poesía Nº 14, diciembre de 2005.

Rogelio Ramos Signes / Ars poética vespertilia


Todavía sentado a la mesa de lo sobrevivientes
declaro mi deuda con medio centenar de poetas
a los que aún no he leído.
Los notarios de la literatura pueden fraccionar mi cuerpo
en tantas partes como la ley lo crea conveniente
y/si algo queda de mí /
un dedal de tierra me espera al final de este camino.
Reconozco haber pecado de melancolía
en cinco de cada siete versos escritos
en siete de cada siete versos pensados
y en diez de cada siete versos asumidos.
Sin pudor ni control abusé de las palabras,
de su malevolente representación de la vida.
Pequé de alusión
nombrando a cada cosa por su imagen.
Parodiando a cada objeto en su espasmo fisiológico
pequé por omisión.
Reclamé amores, papeles y linternas.
Sobre los bordes de un jardín humillante de tan verde
tatué axiomas que caducaron a la medianoche.
Blasfemé, escribí cartas, dormí entre los muertos
 y / como quien es parte de una fábula /
me levanté temprano. Preparé las valijas.
Todavía sentado a la mesa de los indelebles
y temiendo preguntar por los que faltan,
declaro en contra de mis pocos aciertos
buscando el camino
a no sé qué cielo de portentos largamente prometido.
El vampiro de mi poesía
yace a los pies de una estatua de Quevedo.


Rogelio Ramos Signes (San Juan, 1950). Libros publicados: Las escamas del señor Crisolaras (1983), Diario del tiempo en la nieve (1985), En los limites del aire (1986), Soledad del mono en compañía (1994), Polvo de ladrillos (1995). El ombligo de piedra (2000), En busca de los vestuarios (2005). Este poema pertenece al libro inédito La Casa de Té. Tomado de Hablar de Poesía Nº 14, diciembre de 2005.

sábado, 23 de mayo de 2020

Pedro Salinas / Poesía


¿Tú sabes lo que eres
de mí?
¿Sabes tú el nombre?
                            No es
el que todos te llaman
esa palabra usada
que se dicen las gentes,
si besan o se quieren,
porque ya se lo han dicho
otros que se besaron.
Yo no lo sé, lo digo,
se me asoma a los labios
como una aurora virgen
de la que no soy dueño.
Tú tampoco lo sabes,
lo oyes. Y lo recibe
tu oído igual que el silencio
que nos llega hasta el alma
sin saber de qué ausencias
de ruidos está hecho.
¿Son letras, son sonidos?
Es mucho más antiguo.
Lengua de paraíso,
sanes primeros, vírgenes
tanteos de los labios,
cuando, antes de los números,
en el aire del mundo
se estrenaban los nombres
de los gozos primeros.
Que se olvidaban luego
para llamarlo todo
de otro modo al hacerlo
otra vez nuevo son
para el júbilo nuevo.
En ese paraíso
de los tiempos del alma,
allí, en el más antiguo,
es donde está tu nombre.
Y aunque yo te lo llamo
en mi vida, a tu vida,
con mi boca, a tu oído,
en esta realidad,
como él no deja huella
en memoria ni en signo,
y apenas lo percibes,
nítido y momentáneo,
a su cielo se vuelve
todo alado de olvido,
dicho parece en sueños,
sólo en sueños oído.
Y así, lo que tú quieres,
cuando yo te lo diga
no podrá serlo nadie,
nadie podrá decírtelo.
Porque ni tú ni yo
conocemos su nombre
que sobre mi desciende,
pasajero de labios,
huésped
fugaz de los oídos
cuando desde mi alma
lo sientes en la tuya,
sin poderlo aprender,
sin saberlo yo mismo.

sábado, 16 de mayo de 2020

Bárbara Délano / Acerca del poeta


Los soles al chocar
dejaban su estela innumerable de sonidos
que el hombre nunca pudo oírlos planetas rotaron
y el mar dando vueltas
extrañamente nunca se caía
Los hombres seguían levantando
sus manos extendidas sobre el cielo
Los dedos de las mujeres tocaban el vientre de sus hijos
y ellos besaron largas noches
los pechos de luna donde se bañaban
las sirenas y los delfines ciegos
Nunca vimos un atardecer en Marte
Los días pasaban
rigurosamente
El tiempo seguía dentro de los caracoles
ascendiendo y descendiendo su fatal escala

Nadie sabía los nombres de las cosas
y cuando se dijo atrás
se disparaba a un hombre
y cuando se dijo mano
caía un pájaro
y cuando se dijo tierra
sonó un mar de huesos y calaveras
fue el poeta el que le puso nombre a las cosas
y las cosas desde entonces fueron dóciles y amargas
y amigas del hombre
y se dijo harina
y hubo pan
y se dijo bomba
y fue Hiroshima
y se dijo beso y hubo bocas
desde entonces las cosas vivieron
y bailaron con el hombre durante los siglos
y vino el poeta y presenciamos el atardecer más rojo
de Marte
y cada vez que chocó una estrella con un cometa
escuchamos un ruido de papel arrugado

Si hay algo aquí adentro
que venga un poeta y se siente a la mesa
que venga un poeta y encienda la luz y busque el volcán
si alguna palabra queda por decir
que venga el poeta y tome desayuno
y dé besos y haga espejos de cada pupila rota y amarilla

Un globo roto en las manos de un niño
un auto que se detiene
un hombre que muere
una mujer compra el pan
cinco hombres se mueren
una bibliotecaria hace ssshht
treinta hombres asesinados
un obrero se arremanga la camisa
cincuenta hombres desaparecidos
una hoja cae de un árbol
el poeta da el último grito
sus amigos aúllan como una sirena
camino al cementerio
y las cosas ahí se quedaron
esperando que su mano resucite
para que este globo pájaro
siga aleteando como un feto de gorrión
en el espacio celeste.

martes, 12 de mayo de 2020

José Agustín Goytisolo / El oficio del poeta


Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, que comienza
en la idea, en el soplo
sobre el polvo infinito
de la memoria, sobre
la experiencia vivida,
la historia, los deseos,
las pasiones del hombre.

La materia del canto
nos lo ha ofrecido el pueblo
con su voz. Devolvamos
las palabras reunidas
a su auténtico dueño.

sábado, 2 de mayo de 2020

Joaquín Giannuzzi / Poética


La poesía no nace.
Está allí, al alcance
de toda boca
para ser doblada, repetida, citada
total y textualmente.
Usted, al despertarse esta mañana,
vio cosas, aquí y allá,
objetos, por ejemplo.
Sobre su mesa de luz
digamos que vio una lámpara,
una radio portátil, una taza azul.
Vio cada cosa solitaria
y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía nombre.
Lo hubiera escrito así.
¿Necesitaba otro lenguaje,
otra mano, otro par de ojos, otra flauta?
No agregue. No distorsione.
No cambie
la música de lugar.
Poesía
es lo que se está viendo.

miércoles, 29 de abril de 2020

Celso Emilio Ferreira / La poesía es verdad


Uno busca la verdad
por todos los caminos, bajo las piedras,
en las raíces oscuras de las miradas,
más allá de las espumas y de los crepúsculos.

Busco la verdad en ti, recia poesía
de los hombres que trabajan,
tacto real de las cosas
que están y son, aunque nadie las vea.
Hombre total,
que vas y vienes sin sombra por las calles
y tienes tu verdad en las cimas
del mundo, en lo profundo de la historia,
en la experiencia de un día cualquiera,
y no ves los pájaros ni las nubes
ni las remotas manos del viento suave
que acarician al mundo desde siempre.
Investiga la verdad de tu tiempo
y encontrarás tu poesía.

Traducción de Basilio Losada


Celso Emilio Ferreira (1914 - 1979):
Poeta orensano, autor de uno de los más importantes poemarios en gallego de la posguerra: Longa noite de pedra (1962). En él, con un lenguaje desgarrado, directo, sarcástico a veces, se ocupa de los problemas de las gentes humildes de Galicia. Esta obra marcó un cambio significativo no sólo en la trayectoria literaria del poeta gallego, influido entonces por sus compromisos políticos, sino también en el lenguaje poético imperante en la época. En sus versos, Ferreiro plasmó de forma magistral una concepción del mundo, crítica y solidaria, que ha hecho de él un poeta intemporal.