martes, 28 de abril de 2020
Guillermo Rodríguez Rivera / Arte poética
Y sobre todo esto: sé sincero contigo mismo
y de ello seguirá, como la noche al día,
que no podrás engañar a ninguno.
William Shakespeare
Creo que fue hace dos o tres meses,
viendo desde lo alto los automóviles de La Habana;
los automóviles destruidos que, como bestias,
se revuelcan en las calles de La Habana;
mirando la luz mortecina en la avenida espaciosa,
no concebida para la penumbra;
viendo las gentes tensas, impacientes,
ocupadas, ansiosas, aburridas;
las gentes que deambulaban sin saber qué hacer,
o que marchaban desesperadas por una tarea frenética;
las gentes mal vestidas que en mi patria trabajan
para que el día de mañana no sea una triste metáfora
en las páginas de este, de otro libro;
creo que fue hace dos o tres meses, repito,
que empecé a escribir un poema más bien breve
en el que hablaba serena, económicamente,
de la violencia de los ojos de una mujer
y en el que me atenía, por supuesto,
a las fórmulas poéticas más recientes,
en el que empleaba varias hermosas frases hechas
que después hacía estallar sin contemplaciones,
con velocidad, con ternura.
Pero mi mano, la palma de mi mano
y ese lugar donde se juntan el aire, mis zapatos y mi alma,
no podía encontrarlos en aquellas palabras que escapaban,
que corrían,
para dejarme solo y vano y mudo.
Guillermo Rodríguez Rivera forma parte del grupo de poetas cubanos que se propuso la interiorización en el discurso poético del proceso revolucionario cubano.
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