martes, 28 de abril de 2020
Adam Zagajewski / Releer a Milosz
Estoy leyendo de nuevo tus poemas,
versos escritos por un hombre cultivado,
que todo lo sabía, y por un mendigo, un vagabundo,
un emigrante solitario.
Siempre quisiste colocarte al otro lado
del poema, remontar el vuelo, ir a lo alto,
pero también avanzar hacia abajo,
hacia el lugar en que se inicia
nuestro reino tímido y humilde.
A veces la sonoridad de tus palabras
nos transforma durante un instante,
y de verdad llegamos a creer
que cada día es sagrado,
que la poesía —¿cómo podría decirlo?—
presta a la vida redondez,
la colma, le confiere un orgullo, ese impudor
que la formulación impecable trae consigo.
Pero entonces va llegando la noche,
pongo a un lado mi libro
y se reanuda el habitual rumor de la ciudad,
alguien tose, otro llora o maldice.
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