lunes, 27 de abril de 2020
María Paz Moreno / La poeta compara su oficio con el de una dedicada lepidopteróloga
Para Anna
El cerebro de un poeta es como el fondo del mar
—decía Valéry—,
sembrado de restos de poemas naufragados,
de malogrados logros
y obras maestras que nunca existieron.
Nada hay más cierto que la fragilidad del poema
y su incorregible hábito
de escapársenos cuando creemos tenerlo sometido.
(En este oficio de altas miras
se es siempre aprendiz, nunca maestro.)
Como un cazador de mariposas
que ha roto su red,
persigo en vano las brillantes formas
que vuelan ajenas a su propia belleza.
Estudio su comportamiento,
sus hábitos reproductivos,
sus estrategias de huida ante el peligro,
el brillo de sus alas según la hora del día.
Llevada por el deseo de poseer una palabra,
la atrapo,
rompo sus alas,
y la coloco junto a las otras para poder admirarla.
Prendida de un leve alfiler, la conservo
y salgo en busca de un nuevo espécimen,
más bello aún si cabe.
Después de todo, ¿qué es un poeta
sino un coleccionista de palabras hermosas?
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