sábado, 11 de abril de 2020

Paul Morand / Oda a Marcel Proust


Sombra
nacida del humo de sus fumigaciones,
el rostro y la voz
desgastados
por el uso de la noche,
Celeste,
con su rigor, suave, me mete en el jugo negro
de su habitación
que huele a corcho tibio y a chimenea muerta.

Tras la pantalla de los cuadernos,
bajo la lámpara rubia y pringosa como una confitura,
su rostro yace sobre una almohada de tiza.
Usted me tiende unas manos enguantadas en filoseda;
silenciosamente su barba crece
al fondo de sus mejillas.
Digo:
—Tiene usted un excelente aspecto.
Usted contesta:
—Querido amigo, hoy estuve tres veces a punto de morir.
Sus ventanas eternamente cerradas
le niegan al bulevar Haussmann
lleno hasta el borde
como un brillante abrevadero
del estruendo de chapa de los tranvías.
¿Acaso nunca ha visto usted el sol?
Pero lo ha rehecho, como Lemoine, tan verdadero,
que sus árboles frutales
han florecido en la noche.
Su noche no es nuestra noche:
está llena de los fulgores blancos
de las catleyas y de los vestidos de Odette,
los cristales de las copas, las lámparas de araña
y las chorreras encañonadas del General de Froberville.
Su voz, blanca también, traza una frase tan larga
que parece plegarse, mientras como un enfermo
adormilado que se queja,
dice: que le han causado un gran pesar.

Proust, ¿Pero de qué fiestas nocturnas
vuelve usted con estos ojos tan cansados y tan lúcidos?
¿Y qué espantos, a nosotros vetados, ha conocido
para volver tan indulgente y tan bueno,
y sabiendo las obras de las almas
y lo que ocurre dentro de las casas,
y que el amor duele tanto?

¿Tan terribles eran esos desvelos como para que perdiera
esa rosada frescura
del retrato de Jacques-Émile Blanche,
y apareciera esta noche
con la misma dócil palidez de los cirios,
pero feliz de que creamos en su dulce agonía
de dandy gris perla y negro?

Traducción de Marie-Christine del Castillo

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