domingo, 12 de abril de 2020
Vesna Parun / El olivar
No sé si fue la voz de los pájaros
o el canto del viento del este
lo que me condujo una tarde hacia el olivar,
donde aún dormía, sereno, en el verdor
de las copas dispersas, el reflejo del día.
Bajé entonces a la bahía amarga
de hierbas solitarias y lo vi a la orilla
del mar brillante, en la playa
de guijarros y luz de luna, su figura serena,
envuelta en el chapoteo y los murmullos de las olas.
¡Oh, si nunca hubiese oído el bramido!
Si me hubiese quedado junto a la cerca,
bajo la higuera silvestre,
y no hubiera bajado al lóbrego bosque,
a la playa de plata
y a los peñascos azules de luna.
Tú habrías permanecido sentado en la piedra,
esquivo y desconocido, en la orilla arenosa,
y la triste queja de las olas
habría mecido en tu pensamiento sombrío
las ramas oscuras y tempestuosas.
Y quizá caminarías infeliz
por el monte otoñal, transformado en pájaro
aventurero y en estrella desnuda
que brilla con ascuas inquietas
sobre un mar abierto e impetuoso.
Y yo me habría dormido pronto,
despreocupada,
bajo la higuera silvestre, y no habría estado triste
por no saber por dónde se fue el joven
que contemplaba el mar, solo y lejano
en el brillo de las olas, en el silencio del verano.
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