sábado, 11 de abril de 2020
Tomás Tranströmer / Gógol
El saco roído como una manada de lobos.
La cara como una lasca de mármol.
Está sentado entre sus cartas
en el soto que susurra
escarnio y errores,
sí, el corazón sopla como un papel los pasajes
inhóspitos.
Ya el ocaso avanza a hurtadillas
como un zorro sobre este país,
pega fuego a la hierba en un minuto.
El espacio está lleno de cuernos y pezuñas
y abajo se desliza como sombra entre las fincas
alumbradas de mi padre.
Petersburgo a la misma altitud que la derrota
(¿viste a la hermosa en la torre inclinada?)
y en los barrios cubiertos de hielo
vaga aún como imán el pobre hombre en su capa.
Y aquí, envuelto en cuaresmas, está él,
antes rodeado de las tropas de la risa
que se fue hace tiempo a las regiones más distantes
que los árboles-fronteras.
La mesa tambaleante de hombres.
¡Mira hacia afuera cómo la oscuridad fija con fuego
una vía láctea de almas!
¡Carro de fuego que se va del país!
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