Thomas Merton / Símbolos para un Apocalipsis (IV)
Mirad en la noche, mirad, mirad en la noche:
como un pequeño templo se levanta
el cielo abierto. Hay un hombre en la puerta
sosteniendo una hoz en la mano.
El acero es más limpio que el hielo, y la hoja
más afilada que el pensamiento:
¡pura es la curva como una inteligencia!
Y levanta la hoz, y asustadas gritan las estrellas.
Mirad en la noche, mirad, mirad en la noche:
de la puerta del templo celestial baja un hombre
con plateados vestidos.
Y levanta la hoz: como un grito relumbra la hoja.
Y el hombre embiste con la hoz que empieza
a cantar como el viento
en las más quieta cosecha del mundo nocturno.
¡Huid, huid a las montañas!
Bullen los ángeles en la puerta del templo.
¡Huid, huid a las colinas!
¡Los jinetes armados esperan en los rojos
caballos, a lo largo de los ígneos extremos
del azulado mundo!
Y cosechando el mundo dormido, canta y suena
la hoz, como la brisa: y relumbra, y derrama
la melodiosa luz.
Mil ángeles parados en la puerta del templo
vigilan y examinan esta muda cosecha.
Y entonces, de improviso, viene el verdadero terror, el verdadero sonido.
Desde el vacío Universo
-más allá del aire infinito, de las altas espirales estrelladas,
desde el fondo de alguna lejana y furiosa trompeta-
comienza a levantarse el sonido, el salvaje sonido:
¡y se enciende su cólera, violentamente, y cruza
a través de las filas de los ángeles, mordiendo
mi alma, con relámpagos que abrasan
como el acero!
Traducción de Miguel Arteche.
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