martes, 3 de marzo de 2020

Percy Bysshe Shelley / EL TRIUNFO DE LA VIDA

Percy Bysshe Shelley / EL TRIUNFO DE LA VIDA


Fragmento

Veloz como un espíritu se apresura a su tarea de gloria y de bondad, el sol saltó adelante regocijándose en su esplendor, y cayó la máscara de la oscuridad desde la tierra despierta --

Los altares sin humo de las montañas nevadas flamean sobre nubes carmesí, y en el nacimiento de la luz, la plegaria del océano se presentó, para que las aves templaran su triste canción.

Todas las flores en el campo o el bosque que no cerraron sus temblorosos párpados para el beso del día, oscilando sus incensarios en el elemento, con incienso de Oriente iluminados por el rayo nuevo lentamente quemado y inconsumible, que envía sus suspiros olorosos hasta el aire sonriente.

Y, en debida sucesión, por continente, isla, océano y todas las cosas que en ellos usan la forma y el carácter del molde mortal, ascendiendo como el sol, su padre se levantó, para llevar su porción de la fatiga, que él tomó del viejo como si fuera suya y luego le impusieron.

Pero yo, a quien incalculables pensamientos habían mantenido despierto como a las estrellas que brillan en el cono de la noche, ahora que ellas se quedaron dormidas Estiré mis piernas débiles por debajo de la raíz de un viejo castaño que atravesaba la cuesta de un verde Apenino: delante de mi huyó la noche; detrás de mí se levantó el día; lo profundo estaba a mis pies y el cielo por encima de mi cabeza.

Entonces un extraño trance en mi fantasía surgió, que no era un sueño, la sombra se desvaneció fue tan transparente, que la escena se me clarificó como cuando un velo de luz se dibuja en las colinas, con tenue luz, al atardecer; y yo sabía que había sentido la frescura de ese amanecer bañar con el mismo frío rocío mis cejas y cabello.

Y así sintiéndome recostado sobre el césped, bajo mi propia rama, oyendo como los pájaros, las fuentes y el océano mantenían una dulce charla que sonaba a música a través del aire enamorado, una visión sobre mi destino se implementó ...

En ese trance de pensamiento maravilloso, este fue el tenor de mi estado de vigilia:

Creí encontrarme junto a un camino público cubierto de espeso polvo de verano y gran caudal de gentes que corrían de un lado para otro como un sinfín de mosquitos en el fulgor del ocaso, y aunque todos se afanaban, nadie parecía saber adonde iba, ni de dónde venía, ni por qué formaba parte de la muchedumbre, y así era arrastrado por el tumulto, como por el cielo una entre un millón de hojas del ataúd del verano.

Vejez y juventud, madurez e infancia, aparecían mezcladas en un torrente poderoso; algunos escapaban de aquello que temían, y algunos buscaban el objeto del temor de otro, y otros como quien marcha hacia la tumba, miraban los pisoteados gusanos que se arrastraban abajo, y otros más andaban doloridos en la penumbra de su propia sombra, a la cual llamaban muerte... Y otros huían de ella como si fuera un fantasma, desmayando casi en la aflicción de un vano aliento.

Pero muchos más con ademanes contagiados perseguían o evitaban las sombras que las nubes o las pájaros perdidos en el aire del mediodía arrojaban en aquel camino donde no crecían flores; y fatigados de ajetreo vano y una débil sed, en vez de oír las fuentes de cuyas células musgosas brota eternamente un rocío melodioso u oír a la brisa que viene de los bosques hablar de sendas de hierba y claros que se alternan con entrelazados olmos y cavernas frías y márgenes violetas donde rumian dulces sueños, iban detrás, como de antiguo, de su seria locura...

Y mientras miraba, me pareció que en el camino el tropel se encrespaba, como los bosques en junio cuando el viento del sur agita el día extinto; y un frío resplandor, más intenso que el mediodía, pero helado, oscureció de luz el sol y las estrellas. Como la luna nueva, cuando en las lindes soleadas de la noche pone a temblar su blanca concha en el aire carmesí y, mientras la tempestad dormida junta fuerzas, transporta, como heraldo de su arribo, el fantasma de su madre muerta, cuya tenue forma se inclina hacia el oscuro éter desde la silla de su hija,
así vino un carruaje en la tormenta silenciosa de su propio brillo arrasador, y así una Forma iba sentada en él como quien, deformado por los años, bajo una lúgubre capucha y una doble capa se agacha a la sombra de una tumba, y sobre lo que parecía la cabeza, se cernía, cual crespón, una nube, y con pardo, débil y etéreo resplandor amortiguaba la luz; en el rayo del carruaje una Sombra con los rostros de Jano asumía la conducción del prodigioso carro alado.

Las Figuras que lo arrastraban entre densos relámpagos se perdieron: en el suave fluir del aire sólo se oía ya la música de las alas incesantes.

Las cuatro caras del auriga tenían los ojos vendados... De poco sirve que un carro sea veloz si lo guía la ceguera, ni vale entonces que los rayos eclipsen el sol o que los vendados ojos puedan penetrar la esfera de todo lo que es, ha sido o será hecho.

Pero, por mal que el carruaje fuera conducido, pasó majestuosamente con solemne rapidez...

La multitud cedió y me levanté espantado, o parecía elevarme, tan poderoso era el trance, y ví, como las nubes en la explosión del trueno, a millones entonar una feroz canción y danzar locos y furiosos alrededor — tal parecía el Jubileo que saluda el avance de algún conquistador sobre la Roma Imperial, despreciando lo que era su vida, el Senado, el foro, el teatro, no presintiendo que a la libertad le habían atado un yugo, que prontamente aceptarían llevar.

No buscaba aquí hacer semejanza de un desfile triunfal, por donde rodaba el carro, una multitud cautiva era conducida; todos los que habían envejecido en poder o miseria; todos los que habían vivido subyugados por acción o por medio del sufrimiento, a cuya hora su último grano de arena era aportado al bien común o ¡ Ay, para que el tronco sobreviviera al nacimiento de la fruta y la flor; todos aquellos cuya fama o infamia debe crecer hasta que el gran invierno coloque la forma y el nombre de ellos para siempre bajo esta tierra verde;

Todos, excepto los pocos sagrados que no dejaban a los conquistadores dominar sus espíritus, pero tan pronto como ellos habían tocado el mundo con la llama de la vida, huían hacia atrás como las águilas a su nido al mediodía, de los que ponen a un lado la diadema de tronos terrenales o joyas, hasta la última de ellas que estaban allí, de Atenas o Jerusalem.

Nadie reparó en los poderosos cautivos, ni vistos en medio de la multitud grosera que seguía, ni los que fueran antes feroces y obscenos.

La danza salvaje enloquecía a los del carro, y a los que lo conducen, flota como sombra sobre el césped, el carruaje fuera de velocidad, y sin reposo mezcla entre sí en tempestuosa medida de música salvaje, más salvaje a medida que crece, ellos, torturados por su placer agonizante, convulsionan en los rápidos torbellinos hilados de ese espíritu feroz, cuyo ocio profano era calmado por diversión desde el origen del mundo, tirando hacia atrás sus cabezas y soltando su pelo;
...



Comentarios de Harold Bloom al poema de Percy Bisshop Shelley "El Triunfo de la Vida"

De Shelley, voy a limitarme a unos pocos pasajes de su soberbio e inacabado poema de muerte, El triunfo de la vida, que me parece el mejor logrado esfuerzo por persuadirnos de cómo sonaría La Divina Comedia si Dante la hubiera escrito en inglés. Es una visión infernal, un fragmento de unas 550 líneas escrito en terza rima dantesca, y en mi opinión es el poema de verdadero fuste más desesperado que existe en nuestra lengua. En sus días finales, aunque sólo tuviera veintinueve años, Shelley nos da su visión de la naturaleza humana y su destino antes de zarpar en el viaje que lo llevará a morir ahogado, aún no sabemos con certeza si accidentalmente o no. Supremo romántico entre todos los poetas, nos legó El triunfo de la vida como testamento; un testamento que nos dejaría perplejos y deprimidos de no ser por su gigantesco poder poético.

Creí encontrarme junto a un camino público cubierto de espeso polvo de verano y gran caudal de gentes que corrían de un lado para otro como un sinfín de mosquitos en el fulgor del ocaso,

y aunque todos se afanaban, nadie parecía saber adonde iba, ni de dónde venía, ni por qué formaba parte de la muchedumbre, y así

era arrastrado por el tumulto, como por el cielo una entre un millón de hojas del ataúd del verano. Vejez y juventud, madurez e infancia,

aparecían mezcladas en un torrente poderoso; algunos escapaban de aquello que temían, y algunos buscaban el objeto del temor de otro,

y otros como quien marcha hacia la tumba, miraban los pisoteados gusanos que se arrastraban abajo, y otros más andaban doloridos en la penumbra
de su propia sombra, a la cual llamaban muerte... Y otros huían de ella como si fuera un fantasma, desmayando casi en la aflicción de un vano aliento.

Pero muchos más con ademanes contagiados perseguían o evitaban las sombras que las nubes o las pájaros perdidos en el aire del mediodía

arrojaban en aquel camino donde no crecían flores; y fatigados de ajetreo vano y una débil sed, en vez de oír las fuentes de cuyas células musgosas

brota eternamente un rocío melodioso u oír a la brisa que viene de los bosques hablar de sendas de hierba y claros que se alternan

con entrelazados olmos y cavernas frías y márgenes violetas donde rumian dulces sueños, iban detrás, como de antiguo, de su seria locura...

La Danza de la Muerte es la "seria locura" de nuestra vida competitiva: "con ademanes contagiados". El título del poema es de una amarga ironía, ya que la "Vida" que en este poema triunfa sobre todos nosotros es en realidad una muerte - en - vida aniquiladora de toda individualidad e integridad.

Y mientras miraba, me pareció que en el camino el tropel se encrespaba, como los bosques en junio cuando el viento del sur agita el día extinto;

y un frío resplandor, más intenso que el mediodía,
pero helado, oscureció de luz el sol y las estrellas. Como la luna nueva,

cuando en las lindes soleadas de la noche pone a temblar su blanca concha en el aire carmesí y, mientras la tempestad dormida junta fuerzas,

transporta, como heraldo de su arribo, el fantasma de su madre muerta, cuya tenue forma se inclina hacia el oscuro éter desde la silla de su hija,

así vino un carruaje en la tormenta silenciosa de su propio brillo arrasador, y así una Forma iba sentada en él como quien, deformado por los años,

bajo una lúgubre capucha y una doble capa se agacha a la sombra de una tumba, y sobre lo que parecía la cabeza, se cernía, cual crespón,

una nube, y con pardo, débil y etéreo resplandor amortiguaba la luz; en el rayo del carruaje una Sombra con los rostros de Jano asumía

la conducción del prodigioso carro alado. Las Figuras que lo arrastraban entre densos relámpagos se perdieron: en el suave fluir del aire sólo se oía ya

la música de las alas incesantes. Las cuatro caras del auriga tenían los ojos vendados... De poco sirve
que un carro sea veloz si lo guía la ceguera,

ni vale entonces que los rayos eclipsen el sol

o que los vendados ojos puedan penetrar la esfera

de todo lo que es, ha sido o será hecho.

Pero, por mal que el carruaje fuera conducido,

pasó majestuosamente con solemne rapidez...

Anunciado por la imagen de la luna vieja en brazos de la luna nueva (de la balada "Sir Patrick Spence", citada por Coleridge como epígrafe a su oda "Abatimiento"), el carro de la Vida irrumpe y viene hacia nosotros. Con suma audacia Shelley parodia el Carro Divino del Libro de Ezequiel, la Revelación, Dante y Milton, mientras a la Forma llamada Vida la Conquistadora la conduce un cochero horrendo que es la parodia de los cuatro querubines o ángeles del Carro. Con sus rostros que miran hacia delante y hacia atrás como el dios romano Jano, ese cochero infernal no ve nada, y el fulgor glacial que irradia su vehículo nos ciega también a nosotros. Poco a poco el lector llega a comprender que Shelley distingue tres dominios de la luz: las estrellas (la poesía), el sol (la naturaleza) y el resplandor del carruaje (la vida). La naturaleza eclipsa a la imaginación, para nuestro perjuicio, y luego el esplendor destructivo del carro eclipsa a la naturaleza, para nuestra ruina.

Detrás del carro triunfal se tambalea una innumerable horda de cautivos, en donde los jóvenes amantes poseídos de locura erótica se mezclan con los viejos "totalmente descompuestos" que aún intentan mantener el paso del carro de la Vida. Desesperado por entender, Shelley encuentra un guía en Rosseau (como Dante en Virgilio), quien le habla con elocuencia y urgencia proféticas:

"Ante tu memoria digo

que amé, temí, odié, sufrí, hice y morí,

y, si la Tierra hubiera abastecido con alimento más puro

la chispa con que el Cielo encendió mi espíritu,

la corrupción no heredaría ahora mucho

de lo que un día fue Rousseau, ni este disfraz

mancharía eso que hay debajo y aún desdeña llevarlo.

Ésta es la poesía más difícil que haya tenido que presentar a lector alguno, pero lo cierto es que estamos aprendiendo cómo leer y por qué. El terrible orgullo de Rousseau surge mezclado con un sentimiento de espantosa degradación; no obstante, la afirmación es universalmente humana y trasciende la figura histórica de Rousseau. El tardío guía de Shelley habla en nombre de algo que todo lector lleva oculto en sí, porque ¿quién de nosotros no teme vivir disfrazado, separado de la identidad verdadera (la chispa) por la corrupción de la muerte - en - vida?

Espero que el lector se interne sin mí en lo que resta de este gran poema - torso, recordando siempre leer muy despacio, y de preferencia en voz alta, bien a sí mismo, bien a otros. La intensidad y el vigor de la proclama final de Shelley le recompensarán la labor, tanto por su elocuencia amarga como por la lucidez con que juzga la condición humana.

Harold Bloom

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