lunes, 2 de marzo de 2020

Robert Browning / Childe Roland a la Torre Oscura llegó

Robert Browning

Childe Roland a la Torre Oscura llegó

I

Mi primer pensamiento fue que mentía en cada palabra,
Aquel viejo lisiado, con mirada maliciosa
Observando con recelo el efecto de su mentira
En la mía, y la boca apenas capaz de disimular
El júbilo, que fruncía y perfilaba
Su comisura, por así haber atrapado otra víctima.

II

¿Para qué si no estaría él dispuesto con su cayado?
¿Para qué, salvo para acechar con sus mentiras, para enredar
A todo viajero que lo hallase allí apostado
Y preguntase el camino? Conjeturé qué risa cadavérica
Estallaría, qué muleta escribiría mi epitafio
Como pasatiempo en la polvorienta calzada,

III

Si por su consejo yo virase
Hacia aquella ominosa región en la que, como todos saben,
Se esconde la Torre Oscura. Aun así, aceptándolo,
Me desvié hacia donde él señalaba: no por orgullo
Ni por esperanza reavivados en el final señalado,
Sino por la alegría de que existiese algún final.

IV

Porque, a pesar de mi vagabundeo por todo el mundo,
A pesar de mi búsqueda que se alargaba a través de los años, mi esperanza
Menguaba en un fantasma no preparado para poder
Con ese turbulento regocijo que brindaría el éxito,
-Apenas podía intentar reprimir ahora el salto
Que dio mi corazón, al hallar un fallo en su aptitud.

V

Al igual que un hombre enfermo que se aproxima a su muerte
Parece efectivamente muerto, y comienzan las sensaciones y terminan
Las lágrimas y recibe la despedida de cada amigo,
Y oye a uno proponer a otro marchar, para respirar
Más libremente en el exterior, ("puesto que todo terminó", dijo él,
"Y ningún lamento puede compensar la desgracia").

VI

Mientras algunos discuten si cerca de las otras tumbas
Habrá espacio suficiente para esto, y qué momento del día
Es el mejor para llevarse el cadáver
Poniendo cuidado en los estandartes, pañuelos y bordones:
Y el hombre aún lo oye todo, y solamente anhela
No deshonrar tan tierno amor y permanecer.

VII

Así, he sufrido tanto en esta búsqueda,
He oído el fracaso tan a menudo profetizado, he sido incluido
Tantas veces en "El Grupo"- a saber,
Los caballeros que a la busca de la Torre Oscura encaminaron
Sus pasos- que el sólo fallar como ellos parecía un triunfo,
Y toda la duda ahora era- ¿sería digno?

VIII

Así, en silenciosa desesperación, me alejé de él,
De aquel odioso lisiado, fuera de su camino,
Hacia el sendero que él señalaba. Todo el día
Había sido monótono a lo sumo, y turbio
Se volvía hacia el final, y aún soltó una lúgubre
Mirada roja y obscena para ver al llano atrapar al caminante distraído.

IX

¡Por la marca! Apenas me hube
Internado en el llano, tras un paso o dos
Al detenerme para echar una última mirada atrás
Hacia el camino seguro, éste había desaparecido: gris llanura por todas partes,
Nada salvo planicie hasta el confín del horizonte.
Debía seguir; no había nada más que hacer.

X

Así que continué. Creo que nunca antes vi
Tan yerma e innoble naturaleza; nada prosperaba:
Por flores- se podía esperar una arboleda de cedros
Pero la gramínea, el tártago podía, de acuerdo con su ley,
Propagar su especie, sin nada que temer,
Pensarías que una carda habría sido un valioso tesoro.

XI

¡No! Penuria, pereza y mueca,
De alguna extraña forma, eran parte de la tierra.
"Mira o cierra tus ojos," dijo la Naturaleza de mala gana,
"Nada instruye, mi caso no tiene remedio;
Es el fuego del Juicio Final quien debe sanar este lugar,
Calcinar sus suelos y liberar a mis prisioneros".

XII

Si algún rasgado tallo de cardo se elevara
Sobre sus compañeros, le cortaban la cabeza, los torcidos
Sentían celos si no. ¿Qué hizo esos agujeros y rasgaduras
En las ásperas hojas de césped del embarcadero, golpeadas como para impedir
Toda esperanza de verdor? Existe alguna bestia que debe andar
Destrozando sus vidas, con bestiales intentos.

XIII

En cuanto a la hierba, crecía tan exigua como el cabello
En la lepra; delgadas hojas secas se erguían en el lodo,
Que por debajo parecía amasado con sangre.
Un yerto caballo ciego, con cada hueso visible,
Permanecía estupefacto sobre cómo llegó allí,
Expulsado de su previo servicio en la caballeriza del diablo.

XIV

¿Vivo? Por lo que a mí concierne él podría estar muerto,
Con aquella roja delgadez y el cuello hundido por el esfuerzo
Y los ojos cerrados bajo la enmohecida crin;
Raramente tal monstruosidad iba de la mano con semejante tristeza;
Nunca vi una bestia a la que odiase tanto;
Debía ser perversa para merecer tanto dolor.

XV

Cerré mis ojos y los volví hacia mi corazón.
Como un hombre pide vino antes de luchar,
Pedí un sorbo de anteriores y más felices escenas
Esperando así poder cumplir bien mi cometido
Piensa primero, pelea después- el arte del soldado:
Un paladeo del tiempo pasado lo pone todo en orden.

XVI

¡Eso no! Imaginé el enrojecido rostro de Cuthbert
Bajo el adorno de sus dorados rizos,
Querido amigo, hasta que casi pude sentirlo rodear
Su brazo con el mío para llevarme hacia el lugar,
Como él solía hacerlo. ¡Ay, la desgracia de una noche!
Se apagó el nuevo fuego de mi corazón y lo dejó frío.

XVII

Luego a Giles, el espíritu del honor- ahí se yergue él,
Leal como hace diez años recién armado caballero
A lo que cualquier hombre honrado se atreviera -dijo él- él se atrevió.
Bien -pero la escena cambia- ¡Puga! ¿Qué manos patibularias
Clavarían un pergamino sobre su pecho? Sus propias manos
Lo leyeron. ¡Pobre traidor, escupió y maldijo!

XVIII

Es preferible este presente que un pasado así;
¡De vuelta hacia mi oscuro sendero otra vez!
Ningún sonido, nada se ve hasta donde alcanza la vista.
¿Enviará la noche una lechuza o un murciélago?
Pregunté, cuando algo en la lóbrega llanura
Vino a interrumpir mis pensamientos y cambiar su curso.

XIX

Un repentino arroyo se atravesó en mi camino,
Tan inesperado como la aparición de una serpiente.
Corriente tumultuosa discordante con las tinieblas;
Ésta, tal como espumeaba, bien podría haber sido un baño
Para la ardiente pezuña de un demonio- al contemplar la ira
De su negro remolino salpicado de escamas y espuma.

XX

¡Tan insignificante y aún así tan malévolo! A todo lo largo,
Los bajos y esmirriados alisos se arrodillaban ante él,
Los empapados sauces se arrojaban a sí mismos de cabeza en un arranque
De muda desesperación; un suicidio en masa:
El río que les había hecho tanto mal,
Lo que quiera que ello fuese, se iba rodando, sin dejarse disuadir.

XXI

El cual, mientras vadeaba, -¡Cielo Santo, cómo temí
Poner mi pie sobre la mejilla de un hombre muerto
A cada paso, o sentir la lanza que introduje buscando
Agujeros, enredada en su cabello o su barba!
- Pudo haber sido una rata de agua lo que ensarté
Pero, ¡ugh! Sonó como el chillido de un bebé.

XXII

Me sentí alegre al llegar a la otra orilla.
Ahora en pos de una tierra mejor. ¡Vano presagio!
¿Quiénes eran los contendientes, qué guerra libraban,
Cuyo salvaje pisoteo hollaría así el húmedo
Terreno y lo convertiría en una charca? Sapos en un aljibe envenenado,
O gatos salvajes en una jaula de hierro candente.

XXIII

Así debió haberse visto la batalla en aquel claro talado.
¿Qué los acorraló allí, con toda la planicie a su disposición?
No había huellas que condujeran hacia aquellos hórridos maullidos,
Nada salvo eso. Loco brebaje elaborado para que
Sus cerebros piensen, sin duda, como los de los galeotes que el Turco
Enfrenta para divertirse, Cristianos contra Judíos.

XXIV

¡Y más que eso -un estadio más adelante- por qué, ahí!
¿Para qué maléfico uso serviría ese mecanismo, esa rueda,
O freno, no rueda -esa trilla lista para devanar
Cuerpos de hombres como si fuesen seda? Con todo el aspecto
De la herramienta de Tophet, abandonada inadvertidamente en la tierra,
O traída para afilar sus enmohecidos dientes de acero.

XXV

Luego vino un tramo de tierra llena de tocones, otrora un bosque,
Después una ciénaga, o así parecía, y entonces sólo tierra
Desesperada y abandonada (al igual que un tonto halla regocijo,
Hace una cosa y luego la estropea, hasta que su ánimo
¡Cambia y entonces se marcha!) durante un cuarto de acre
Lodo, arcilla y grava, arena y sombría desolación negra.

XXVI

Ora inflamadas erupciones, de colores vivos y horrendos,
Ora terrenos donde la aridez del suelo
Se volvía moho o una sustancia como forúnculos;
Y apareció un roble paralítico, con una hendidura en él
Como una boca angustiada que resquebraja su corteza
Boqueando a la muerte, y muriendo mientras se repliega.

XXVII

¡Y tan lejos como siempre del final,
Nada en la distancia salvo la noche, nada
Hacia dónde dirigir mis pasos! Mientras lo pensaba,
Un gran pájaro negro, el íntimo amigo de Apollyon,
Pasó volando, sin batir sus amplias alas de pluma de dragón
Que rozaron mi gorro -quizá era la guía que yo buscaba.

XXVIII

Pues, mirando hacia arriba, de alguna manera me di cuenta,
A pesar del ocaso, de que la llanura había cedido su lugar
En derredor a las montañas -por honrar con semejante nombre
A los feos y apenas cerros y montículos que tapaban la vista.
Cómo de tal modo me habían sorprendido, -¡acláralo tú!
Cómo salir de ellos no estaba muy claro.

XXIX

Sin embargo, una parte de mí pareció descubrir algún truco
Malévolo que me aconteció, Dios sabe cuándo-
En alguna pesadilla tal vez. Aquí terminaba, entonces,
Seguir por ese camino. Cuando, en el preciso momento
De darme por vencido una vez más, escuché un chasquido
¡Como el de una trampa al cerrarse -te hallas en la guarida!

XXX

Como en una llamarada comprendí todo súbitamente,
¡Éste era el lugar! Esas dos colinas a la derecha,
Agazapadas como dos toros con las astas trabadas en pelea;
Mientras a la izquierda, una alta y trasquilada montaña… So tonto,
Viejo senil, dormitando justo ahora
¡Tras pasar una vida adiestrándote para verla!

XXXI

¿Qué se asentaba en el medio sino la Torre misma?
La redondeada torreta achaparrada, ciega como el corazón del loco,
Construida en piedra parda, sin parangón
En el mundo entero. El burlón elfo de la tempestad
Señala con el dedo al marinero, de este modo, el ser invisible
Le ataca, solamente cuando el navío zarpa.

XXXII

¿No ves acaso por la noche?
¡Porque el día regresó para eso! Antes de irse,
El moribundo ocaso ardió en una fisura;
Las colinas, como gigantes en cacería, yacen
Con la barbilla en mano, para ver la caza acorralada-
"¡Ahora apuñala, y termina con la criatura -hasta el mango!"

XXXIII

¿No escuchas? ¡Si hay ruido por todas partes! El tañido
Creciente de una campana. Escuchaba
Los nombres de todos los aventureros desaparecidos, mis pares-
Cómo tal era fuerte, y cual valeroso,
Y el otro afortunado, sin embargo, cada uno de ellos de tiempos pasados
¡Perdidos, perdidos! En un momento tocaba a muerto por años de tristeza.

XXXIV

Ahí se encontraban, alineados a lo largo de las faldas de las colinas, reunidos
Para verme por última vez, un marco viviente
¡Para un cuadro más! En un lienzo en llamas
Les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,
Impávido, llevé a mis labios el cuerno,
Y toqué. "El noble Roland ha llegado a la Torre Oscura".

Childe Roland to the Dark Tower Came ("Childe Roland a la Torre Oscura llegó") es un poema escrito en 1855 por el inglés Robert Browning (1818-1889) y publicado por primera vez en su libro recopilatorio de poemas Men and Women.

El título del poema proviene del acto tercero de la tragedia El rey Lear escrita por William Shakespeare, que a su vez estuvo inspirado en un cuento clásico de hadas llamado Childe Rowland, donde el palacio del rey de los elfos es conocido como la Torre Oscura.

El poema consta de 34 estrofas en sexteto y relata la parte final del viaje de Roland hacia la Torre Oscura y su llegada, así como el recuerdo de Roland sobre sus antiguos compañeros en la búsqueda de La Torre Oscura.

El nombre Roland y el término Childe sugiere que el protagonista sea el personaje Roldán del Cantar de Roldán.

El Childe Roland es, posiblemente, el mejor poema de Robert Browning, y seguramente el más oscuro y enigmático de todos. Su faceta tenebrosa no reside en el estilo de sus versos, ya que la claridad del poeta es maravillosa, sino en el conjunto total del poema, sobre el cual se han elaborado incontables y en ocasiones absurdas hipótesis

La trama del gran poema de Robert Browning nos traslada a una Edad Media casi onírica, fantástica, más ligada a los libros de caballería que al contexto real de este sombrío período histórico.

Tal vez estos ingredientes indescifrables han convertido al Childe Roland a la Torre Oscura llegó en una de las experiencias poéticas más extraordinarias de su tiempo.

Resulta difícil ignorar las similitudes entre la Torre Oscura de Robert Browning y aquellas otras demencias verticales diseñadas por J.R.R.Tolkien, palacios de Sauron y Morgoth, los Señores Oscuros de la Tierra Media.

Otro homenaje al gran poema de Robert Browning puede hallarse en la obra serial de Stephen King: La torre oscura (The Dark Tower).

Los parecidos entre las Torres Oscuras de J.R.R. Tolkien y Robert Browning son evidentes, en especial al verficiar el duro camino que conduce hacia ellas: largas extensiones de páramos, yermos, marjales, pantanos y putrefactas ciénagas; áridas y humeantes montañas rodeando aquel paisaje desolador, recorrido únicamente por héroes de enorme talla moral: Childe Roland y Frodo Bolsón.

Robert Browning describe en el poema la jornada iniciática del Childe Roland hacia la Torre Oscura. El título nobiliario Childe podría sugerir que Roland es, de hecho, el mismo caballero que protagoniza La canción de Rolando (La Chanson de Roland), poema medieval francés del siglo XI.

Childe Roland a la Torre Oscura llegó comienza con las especulaciones del héroe acerca de la ubicación incierta de la Torre Oscura. Robert Browning no se limita a dar su versión de La canción de Rolando, sino que toma la posta de William Shakespeare, como se ha dicho, basada en la tradición fantástica del medioevo.

El sombrío y cínico Roland busca incesantemente la Torre Oscura, En el camino atraviesa una serie interminable de obstáculos, la mayoría de ellos, imaginarios, es decir, producto de su propio deseo de retirarse y no seguir adelante.

El poema finaliza exuberantemente con la llegada de Roland a la Torre Oscura, donde hace sonar su cuerno majestuoso, aunque nunca se nos informa qué hay dentro de los muros o qué criaturas siniestras lo habita.

Un análisis psicológico del Childe Roland a la Torre Oscura llegó plantea dos miradas: la del héroe y su misión iniciática, y el deseo natural de salvar la propia vida a expensas del éxito de la empresa. Robert Browning parece criticar ácidamente el código militar, bajo la fachada de las normas medievales, por el cual el honor y la gloria, únicos objetivos valorables, destrozan la vida interior del héroe, distorsionando su mirada de la realidad.

En este contexto, la Torre Oscura es un símbolo de la búsqueda del héroe, su objetivo, que bien puede existir sin que éste sepa claramente de qué se trata o qué misteriosas revelaciones le depara. De este modo, el éxito de la misión está signado por el fracaso. Llegar a la Torre Oscura no representa la realización, sino la maldición de quien ha llegado a su meta tras superar terribles obstáculos sin hallar verdaderamente nada.

En lo personal creo que Robert Browning decidió vaciar su Torre Oscura para que cada uno de nosotros pueda ocuparla con sus propios miedos.

Como prueba de esta especulación citamos una respuesta de Robert Browning a un lector audaz, quien lo interrogó acerca del significado oculto del poema:

Lo escribí hace tiempo. Cuando lo hice, Dios y yo sabíamos lo que significaba. Ahora, sólo Dios lo sabe.

Harold Bloom

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