sábado, 11 de abril de 2020

William Velásquez / Prodigio del azul


Y el viento del mar océano llena mis ojos de lágrimas.
Ledo Ivo

No siempre fue azul el mar;
ni este color proviene del espacio
o de penínsulas lejanas,
sino de la tristeza.

Quiso suicidarse entonces
como una recordada poetisa;
pero el tiro le salió por la culata,
pues en vez de morir
se diluyó en sus aguas.

Y casi nadie sabe
que si diluimos la tristeza
nos queda sólo una dosis tolerable
de melancolía;
que esta es bella en todas sus formas
en tanto no se ingiera
después de cada despedida.

Así el azul destiló su esencia
en los muelles, en los golfos,
en las pleamares,
y el viento diseminó su reflejo
por los cielos,
en la turgencia del cosmos
y en infinidad de soledades.

Por eso me deprimo un poco
algunas tardes,
ante la puesta del sol,
cuando se rinden las velas
y duermen los timones
bajo la estela migratoria de las aves.

Y para no bogar entre corrientes oscuras
me sumerjo en las sonrisas de mis hijos,
floto en la claridad de sus ocurrencias
y los dejo que me cuenten
sus historias de piratas,
mientras las nubes se tiñen
y huelen a naranjas.

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