Cristina Diez / FLORENCIA
Algo queda en el aire retenido,
apenas un fulgor, dorado y breve,
que en el atardecer, cuando el sol muere,
devuelve a la ciudad lo que ha perdido.
Es tan sólo un instante, es el latido
que abrazado a la piedra la estremece.
Mientras todo en Florencia se detiene,
sigue el río fluyendo hacia el olvido.
Van cayendo las sombras, todo es calma.
Y acoge la ciudad al fugitivo,
al perdedor de todas las batallas,
al que nadie recuerda, al hombre herido
que, escuchando a lo lejos las campanas,
bajo la bruma espesa se ha dormido.
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